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MEMES

 

154Ya no me sorprende, pero cada año constato que un número mayor de mis estudiantes no solo se comunica sino que se informa en las redes y a través de internet. Si los jóvenes no leen periódicos, pobres diarios y, sobre todo, pobres ediciones en papel.
Quizá porque no lo manejo bien ni lo entiendo del todo, me fascina lo que se relaciona con la comunicación en internet. Me maravilla y no deja de aterrarme a la vez. Es indudable que las redes ofrecen insospechadas posibilidades y que han democratizado la información. Pero también que existe un riesgo cierto de manipulación; que al tiempo que dan acceso a una ingente información, establecen una brecha insalvable entre los grupos sociales que la generan y los que la consumen; que igual que amplían la información, la simplifican a la vez.

Vivimos en la época de las “ideas contagiosas”, de los mensajes comprimidos, del manejo de las emociones, del dominio del continente sobre el contenido, de la apariencia sobre la sustancia, del lema sobre el pensamiento, de la información universal y de la universal manipulación de la información. More

Perspectivas económicas de América Latina

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¿AMOS DE LA CIENCIA?

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El último premio Nobel de medicina, Randy Schelkman, nos sorprendía hace unas semanas al declarar el boicot a las revistas “top” científicas y con ello servía de altavoz para una disidencia que otros mantienen en voz baja.

No es cuestión ya solo de las “prácticas desviadas” que parecen aflorar en esta especie de “agencias de rating” científicas (no sé si más atinadas que las financieras) sino de su propia esencia, con un dominio y una estructura de incentivos tan poderosa que parece haberlas convertido en verdaderos “amos de la ciencia”. Editoriales evaluando a investigadores y detrás todo un complejo y burocratizado entramado con no pocas dosis de simplismo y de doctrinarismo.

A ello nos hemos adaptado todos y sobre ello se construyen carreras científicas y universitarias, se abren o se cierran puertas, se aceptan o se rechazan trayectorias, en nombre de una sigla que, en este siglo de siglas, se ha convertido en talismán en el mundo científico y universitario: JCR. Es, desde luego, un modo de medir en el que todo parece sintetizarse, pero también un modo de simplificar la complejidad científica y universitaria.

No sé si es que como decía Borges “las universidades prefieren las bibliografías a los libros”, pero no deja de resultar curioso cómo se santifica el número para construir escalas y que el mundo del pensamiento se resuma en citas, que el ámbito de la creación se impregne de mercado (de un mercado de citas que constituye ahora casi un reclamo corporativo obligado en las sesiones de todo congreso) y que el sueño de la ciencia se comprima en listados de artículos convertidos no solo en el símbolo del progreso científico sino casi en el único modo de valorarlo.

Desde luego que hay que evaluar, medir, exigir, rendir, pero no hay un único modo de hacerlo, ni ese modo sirve para todo ni en la misma medida, como si esos “amos de la ciencia” otorgasen la irrefutable y exclusiva condición de investigador, como si hubiese una única concepción de la investigación, como si no existiesen sustanciales diferencias por áreas científicas, como si se persiguiese penalizar también la dedicación a la gestión, a las tareas de transferencia de conocimiento o al gobierno universitario, como si se pudiese matar o poner fechas de caducidad a las trayectorias, como si no hubiese etapas en el periplo de los universitarios, como si la vida universitaria fuese un carril de dirección única.

No creo que pueda acabar con esto ni siquiera la disidencia de un premio Nobel. Pero al menos debería servir para reflexionar sobre la necesidad de introducir sentido y criterio para que lo formal no se imponga a lo sustantivo, lo puntuable a lo relevante, los síndromes de indexación a la solvencia de las trayectorias y la recolección de méritos a los sólidos curricula universitarios. Y para que no haya cotos cerrados de “amos de la ciencia”, especialmente en esta era de la difusión abierta del conocimiento.

Juan A. Vázquez es ex presidente de la CRUE.

http://sociedad.elpais.com/sociedad/2014/02/14/actualidad/1392375991_960650.html

CONSEJO ASESOR DE ASUNTOS ECONÓMICOS DE LA PRESIDENCIA DEL PRINCIPADO DE ASTURIAS. DOCUMENTO 4

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CAP-DOC 4. CONSORCIOS

Dar la nota

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En la carrera hacia la universidad hay quien contempla la Selectividad como un último obstáculo. Y la consejera catalana de Educación [Irene Rigau], supongo que animada más por el rigor de pedir nota que por el afán de dar la nota, quiere subir la altura de esa última valla elevando de 4 a 5 la cota del aprobado.

No sé si la propuesta llega un poco tarde, cuando el sistema dibuja otros rumbos y se presenta cada vez más segmentado, pero puede que no le falte razón a la consejera y convenga que los corredores lleguen a la meta con mayor holgura en el último salto, para garantizar los conocimientos, la capacidad y el esfuerzo que han de primar en el mundo universitario.

Claro que hay también otras visiones y razones que, para poder juzgar con rigor su iniciativa, harían conveniente someter a la consejera a la técnica de la doble pregunta: ¿Lo que pretende es garantizar un mínimo de conocimientos o un ajuste entre oferta y demanda? Y, en este último caso, ¿a la entrada (por los recursos disponibles) o a la salida (por la inserción laboral) de los estudios universitarios?

Aunque la Selectividad fue concebida para garantizar los conocimientos y las aptitudes de los estudiantes para acceder a la Universidad, la realidad es que, con un 90% de aprobados (¿se quiere reducir esto?), más que acreditar conocimientos lo que hace es clasificarlos. Lo relevante, pues, es eso, en lo que el futuro de muchos estudiantes se juega en el estrecho margen de unas pocas décimas para acceder a unas titulaciones (pocas, y que podrían ampliarse) con requisitos de entrada y fuerte presión de la demanda.

Si lo que se persigue es, en cambio, garantizar el nivel mínimo de conocimientos exigibles para acceder a la Universidad, elevar el listón de la nota podría no ser mala cosa siempre que no fuese la única cosa, porque si de verdad se desea mejorar el sistema habría que revisar también los métodos, el modo de valorar no solo los conocimientos sino las capacidades del alumno, considerar aspectos como la vocación, la motivación y las cualidades personales y primar el historial sobre el resultado de un examen, para que lo que uno vaya a ser no dependa de un momento sino de una trayectoria.

Quizá sea la magia de los números, pero vivimos en un tiempo en que parece que el número lo santifica todo. No me cabe duda de que el conocimiento, el mérito, la capacidad y el esfuerzo han de ser exigencias para el acceso a la Universidad, pero me resisto a ponerle un número a esos principios y a que ese número (¿fruto de algún secreto algoritmo?) se cifre en 4 o en 5. Igual que me resisto a admitir que un solo examen sirva para calificar el potencial de un alumno y encierre el secreto exclusivo del éxito o de la proyección futura de muchos estudiantes. Notables fracasados en la universidad como Steve Jobs o Bill Gates (que llegó a definirse a sí mismo como “el mejor de todos los que fracasaron en la Universidad de Harvard”) no sé si habrían llegado a dar la nota.

Juan A. Vázquez es expresidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE).

 

 

Discurso Colegiado Honor

 

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Muchísimas gracias a la Junta de Gobierno del Colegio de Economistas de Asturias, al Decano Miguel de la Fuente, a Ricardo San Marcos, a Ana Saráchaga que está en todo, por este reconocimiento que valoro tanto porque lo otorga el Colegio, porque proviene de mis colegas y por las personalidades tan destacadas que me han precedido y que me ponen en el serio trance de suceder nada menos que a un maestro de la economía como Juan Velarde, o de la empresa como Isidoro Álvarez, por citar sólo a quiénes han obtenido el galardón en los dos últimos años. Gracias, además, a quiénes tenéis la amabilidad de estar aquí hoy presentes en esta gran fiesta de los economistas asturianos. Es un verdadero privilegio sentirse rodeado por tantos colegas y amigos: gracias muy sinceras a todos.

Para corresponder a esta distinción, lo que no puedo es hacerme pesado  y por eso lo que quiero es contaros dos breves historias. La primera tiene que ver con la casualidad y se refiere más al pasado. Y la segunda se relaciona con mi visión de nuestra profesión de economistas.

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¿Recuperación, para quién?

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En la economía abundan las contraposiciones. Como se ha acaba de ver, es de las pocas disciplinas capaces de otorgar el Nobel a la vez a dos teorías contradictorias. No es de extrañar, por tanto, que vivamos un momento con visiones tan contrapuestas.

Por un lado, han comenzado a proliferar los mensajes optimistas. La bolsa sube, España atrae inversiones y “llega dinero para todo”. Tras la sequía, las empresas lanzan de nuevo emisiones. Se domestica la temible prima de riesgo y el rescate bancario parece que llega a su fin. Las rebajas de costes alientan una recuperación de la competitividad que se expresa en el dinamismo del sector exterior. Hasta Bill Gates toma una participación en FCC.

¿Quiere decir esto que se está recuperando la confianza en nuestra  economía? ¿O simplemente que es temporada de saldos y que España está barata y es época de gangas? ¿Quiere esto decir que se está consolidando una tendencia a la recuperación? ¿O que más que en el inicio de la recuperación, estamos al final del estado de excepción?

Por otro lado, y en contraposición, lo que vemos es que el paro no mejora; que un pobre crecimiento del 0,2 por ciento, convierte en promesa de recuperación lo que no pasa de ser un índice de estancamiento para el año que viene y unas previsiones de crecimiento lento para los años después; que el consumo, la inversión, la demanda interna y el crédito no repuntan;  que la gente sigue arrastrando grandes dificultades; que siguen cerrando empresas, como ocurre con Tenneco o con Fagor; y que todo ello nos dejará en la economía española el balance de una década perdida en términos de PIB y de unos cuantos años más en términos de empleo.

Animados por los indicadores favorables, es como si se hubiesen desatado los ministros económicos. A Guindos parece como si le estuviese cambiando la personalidad y transmutando en campechanía su acrisolado aspecto de pijo de escuela de negocios. A Montoro, en cambio, el trance le ha ahondado una caricatura que ya parece haberse apropiado de sí mismo y que le lleva a histrionismos como el de los salarios, que no solo le refuta el INE sino la calle y en el que nada menos que el presidente de La Caixa ha venido a enmendarle la plana, al afirmar que el nivel salarial ha retrocedido al de finales del pasado siglo.

Ese optimismo desatado no parece sin embargo el que se respira en la calle. ¿Llueven millones y se sigue con recortes en las políticas públicas y amagando con la necesidad de nuevos ajustes? Esto es algo que la gente no puede entender y que no resultará nada fácil de explicar. ¿Será que perciben solo esa recuperación los sectores en que menos ha hecho mella la crisis?

Además de otros efectos bien conocidos, la crisis ha ahondado las desigualdades ya existentes en nuestra economía. El número de millonarios ha aumentado en España mientras la renta por persona y los salarios ha caído y han crecido las situaciones de pobreza y exclusión y la desigualdad social.

Si la crisis ha afectado fundamentalmente a los más débiles, a los estratos sociales de renta más baja, a los desempleados, vamos a ver si la recuperación no la perciben solo los ricos, porque sería una paradoja cruel que afectaría gravemente a nuestra cohesión social y que no se podría mantener. Es tiempo, por eso, para las políticas públicas de redistribución, que tienen en sus manos evitarlo.

 

 

Los días que pasan

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La inversión retrocede 25 años. Éste es uno de los titulares más significativos que nos deja el proyecto de presupuestos generales del Estado para 2014.

Lo que la economía nos ha dicho siempre es que no hay crecimiento sin inversión en capital, en stock de capital público y en capital empresarial. Hasta aquí, nada que no sea de manual; es decir, nada que precisamente por sabido podamos olvidar.

Más que un vuelo, es un difícil equilibrio de planeo lo que afronta la economía si no se encienden, al menos uno, de los motores del consumo o de la inversión. Porque lo que no se puede es parar todo; y mucho menos parar todos a la vez.

Por eso, lo que precisamos es justamente lo contrario. Ya sé que no podremos llegar a las cotas del pasado pero lo que necesitamos no es menos sino más inversión.

No sólo más, sino mejor y distinta inversión. Importa el volumen, pero ahora importa más la composición y ello obliga a revisar unas orientaciones del pasado que nos han dejado la curiosa paradoja de lo que sobra y de lo que falta, de indudables carencias y de simultáneos, notorios y bien conocidos excesos de capacidad.

Hacen falta, además, inversiones con mejores rendimientos y resultados, porque cuando la provisión de capital es eficiente ofrece oportunidades de crecimiento, pero cuando es inadecuada incurre en importantes costes de oportunidad.

Y resulta imprescindible una distribución equilibrada del stock de capital y de la inversión, porque en ello se juega no solo la capacidad sino la igualdad de oportunidades para el crecimiento territorial.

En esto es en lo que una vez más Asturias no parece salir bien parada. Que la inversión retroceda en 25 años es una llamada al retroceso general de nuestro país y de nuestra región. No sé cómo alguien se atreve a decir después que éstos son unos presupuestos para la recuperación.

 

Consejo Asesor de Asuntos Económicos de la Presidencia del Principado de Asturias. Documentos

 

 

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