Escritos universitarios

Nuevos escenarios y tendencias universitarias

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Las universidades están en permanente transformación,pero ahora se perciben tendencias globales que pueden alterar profundamente el escenario universitario tal como lo conocemos y que enfrentan a las instituciones universitarias a importantes retos para adaptarse a esos nuevos escenarios y cambios.

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Una inserción laboral inadecuada

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Contribuir eficazmente a la mejora de la inserción laboral de sus titulados, constituye uno de los retos más destacados que encara la universidad. Que la inserción laboral de los titulados universitarios resulta inadecuada en la actualidad es un hecho generalmente admitido, pero sobre el que se hace necesaria una reflexión que permita considerar sus causas, procesos y matices y que pueda servir de base para proponer nuevos ins- trumentos y medidas de actuación.

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Titulaciones universitarias: ¿4+1 ó 3+2?

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Tejer y destejer parece el sino al que los ministerios conducen con demasiada frecuencia al mundo universitario. Apenas hemos culminado la reforma de las enseñanzas que supuso el proceso de Bolonia y ya se está planteando una nueva reforma.

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Educados, educación

Educados, educación

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Universidades: tambores de cambio

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En la universidad suenan tambores de cambio. De un cambio que va mucho más allá de lo que se propone la anunciada mini-reforma del ministro Wert, que poco tiene que ver con los verdaderos retos que afrontan las universidades, sometidas a profundas transformaciones en los métodos, los soportes, los contenidos de las enseñanzas, las cualificaciones, el perfil de los alumnos, la organización y las estructuras, los modos de relación y hasta los paradigmas. Algo que va mucho más allá de una reforma normativa del limitado alcance de la que se anuncia.

La transformación es consustancial a las universidades, pero ahora se apuntan tendencias que podrían modificar sensiblemente el mundo universitario tal como las conocemos y entre las que destacan algunas de tanto alcance como las siguientes. More

Teo, rector

teo-rectorLa primera vez que entré en el despacho del Rectorado, del que luego casi no iba a salir durante ocho años, fue cuando conocí a Teo. Entonces yo era un profesor casi recién llegado a la Universidad de Oviedo y el motivo de la visita era hacer llegar al Rector alguna protesta que ya no recuerdo muy bien. Entramos casi como un grupo de “indignados” y salimos poco menos que “entregados”. Ése era el poder de la seducción y de la simpatía de Teo, que pude constatar tantas y tantas veces después.
Eran todavía los años en que España se desperazaba del franquismo y se asomaba a la democracia y, tal como lo veo ahora, la figura de Teo era la adecuada para el Rector de aquellos años de los inicios de la transición porque era persona dispuesta a transitar, a mudarse como exigían los nuevos tiempos, a convencer más que a vencer, a incorporar más que a excluir, a integrar a base de dialogar.
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¿AMOS DE LA CIENCIA?

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El último premio Nobel de medicina, Randy Schelkman, nos sorprendía hace unas semanas al declarar el boicot a las revistas “top” científicas y con ello servía de altavoz para una disidencia que otros mantienen en voz baja.

No es cuestión ya solo de las “prácticas desviadas” que parecen aflorar en esta especie de “agencias de rating” científicas (no sé si más atinadas que las financieras) sino de su propia esencia, con un dominio y una estructura de incentivos tan poderosa que parece haberlas convertido en verdaderos “amos de la ciencia”. Editoriales evaluando a investigadores y detrás todo un complejo y burocratizado entramado con no pocas dosis de simplismo y de doctrinarismo.

A ello nos hemos adaptado todos y sobre ello se construyen carreras científicas y universitarias, se abren o se cierran puertas, se aceptan o se rechazan trayectorias, en nombre de una sigla que, en este siglo de siglas, se ha convertido en talismán en el mundo científico y universitario: JCR. Es, desde luego, un modo de medir en el que todo parece sintetizarse, pero también un modo de simplificar la complejidad científica y universitaria.

No sé si es que como decía Borges “las universidades prefieren las bibliografías a los libros”, pero no deja de resultar curioso cómo se santifica el número para construir escalas y que el mundo del pensamiento se resuma en citas, que el ámbito de la creación se impregne de mercado (de un mercado de citas que constituye ahora casi un reclamo corporativo obligado en las sesiones de todo congreso) y que el sueño de la ciencia se comprima en listados de artículos convertidos no solo en el símbolo del progreso científico sino casi en el único modo de valorarlo.

Desde luego que hay que evaluar, medir, exigir, rendir, pero no hay un único modo de hacerlo, ni ese modo sirve para todo ni en la misma medida, como si esos “amos de la ciencia” otorgasen la irrefutable y exclusiva condición de investigador, como si hubiese una única concepción de la investigación, como si no existiesen sustanciales diferencias por áreas científicas, como si se persiguiese penalizar también la dedicación a la gestión, a las tareas de transferencia de conocimiento o al gobierno universitario, como si se pudiese matar o poner fechas de caducidad a las trayectorias, como si no hubiese etapas en el periplo de los universitarios, como si la vida universitaria fuese un carril de dirección única.

No creo que pueda acabar con esto ni siquiera la disidencia de un premio Nobel. Pero al menos debería servir para reflexionar sobre la necesidad de introducir sentido y criterio para que lo formal no se imponga a lo sustantivo, lo puntuable a lo relevante, los síndromes de indexación a la solvencia de las trayectorias y la recolección de méritos a los sólidos curricula universitarios. Y para que no haya cotos cerrados de “amos de la ciencia”, especialmente en esta era de la difusión abierta del conocimiento.

Juan A. Vázquez es ex presidente de la CRUE.

http://sociedad.elpais.com/sociedad/2014/02/14/actualidad/1392375991_960650.html

Dar la nota

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En la carrera hacia la universidad hay quien contempla la Selectividad como un último obstáculo. Y la consejera catalana de Educación [Irene Rigau], supongo que animada más por el rigor de pedir nota que por el afán de dar la nota, quiere subir la altura de esa última valla elevando de 4 a 5 la cota del aprobado.

No sé si la propuesta llega un poco tarde, cuando el sistema dibuja otros rumbos y se presenta cada vez más segmentado, pero puede que no le falte razón a la consejera y convenga que los corredores lleguen a la meta con mayor holgura en el último salto, para garantizar los conocimientos, la capacidad y el esfuerzo que han de primar en el mundo universitario.

Claro que hay también otras visiones y razones que, para poder juzgar con rigor su iniciativa, harían conveniente someter a la consejera a la técnica de la doble pregunta: ¿Lo que pretende es garantizar un mínimo de conocimientos o un ajuste entre oferta y demanda? Y, en este último caso, ¿a la entrada (por los recursos disponibles) o a la salida (por la inserción laboral) de los estudios universitarios?

Aunque la Selectividad fue concebida para garantizar los conocimientos y las aptitudes de los estudiantes para acceder a la Universidad, la realidad es que, con un 90% de aprobados (¿se quiere reducir esto?), más que acreditar conocimientos lo que hace es clasificarlos. Lo relevante, pues, es eso, en lo que el futuro de muchos estudiantes se juega en el estrecho margen de unas pocas décimas para acceder a unas titulaciones (pocas, y que podrían ampliarse) con requisitos de entrada y fuerte presión de la demanda.

Si lo que se persigue es, en cambio, garantizar el nivel mínimo de conocimientos exigibles para acceder a la Universidad, elevar el listón de la nota podría no ser mala cosa siempre que no fuese la única cosa, porque si de verdad se desea mejorar el sistema habría que revisar también los métodos, el modo de valorar no solo los conocimientos sino las capacidades del alumno, considerar aspectos como la vocación, la motivación y las cualidades personales y primar el historial sobre el resultado de un examen, para que lo que uno vaya a ser no dependa de un momento sino de una trayectoria.

Quizá sea la magia de los números, pero vivimos en un tiempo en que parece que el número lo santifica todo. No me cabe duda de que el conocimiento, el mérito, la capacidad y el esfuerzo han de ser exigencias para el acceso a la Universidad, pero me resisto a ponerle un número a esos principios y a que ese número (¿fruto de algún secreto algoritmo?) se cifre en 4 o en 5. Igual que me resisto a admitir que un solo examen sirva para calificar el potencial de un alumno y encierre el secreto exclusivo del éxito o de la proyección futura de muchos estudiantes. Notables fracasados en la universidad como Steve Jobs o Bill Gates (que llegó a definirse a sí mismo como “el mejor de todos los que fracasaron en la Universidad de Harvard”) no sé si habrían llegado a dar la nota.

Juan A. Vázquez es expresidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE).

 

 

Los caminos de Bolonia

 

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No, no tenían razón los críticos de Bolonia. Pero alguna razón tenían. No les faltaba razón a los defensores de Bolonia. Pero tampoco toda la razón estaba de su parte. Pasado el tiempo del fragor de los debates y ahora que ya hemos iniciado el recorrido, conviene reflexionar acerca de si hemos tomado el camino recto que nos prometía el fervor de los “apóstoles” o si nos hemos desviado en los recodos que anunciaban los “profetas” del miedo a Bolonia. Porque aunque “siempre se llega al destino si se camina lo suficiente”, al decir de Alicia en el País de las Maravillas, aún es tiempo para rectificar el trayecto o para aligerar el paso. Bolonia no es sólo una gran oportunidad, como se ha dicho, sino que a mi modo de ver es la única oportunidad para la universidad española. Hay un solo destino, ¿pero todos los caminos conducen a Bolonia?

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En esto creo

Cuadro

 

Uno. En esto creo.

Recojo el título del libro de Carlos Fuentes para decir que creo en la universidad de la docencia que enseña a aprender, de la investigación para transferir y no atesorar, de la Extensión Universitaria que abrió caminos desde nuestro claustro, del servicio público eficiente y del pensamiento con dimensión social. Creo en la universidad de las personas y de la vida, de la autonomía y del compromiso, en la universidad capaz de dar respuestas pero que nunca deje de hacerse preguntas, que frente a lo consabido se interese por lo que hay que saber y que se concibe a si misma como una gran fábrica de oportunidades para el progreso y la cohesión social.

“Se que somos la suma/ de instantes sucesivos/ que el tiempo no destruye”, como dijo el poeta Pepe Hierro, y por eso creo ante todo en el valor y la fortaleza de esta institución que ha sobrevivido por combinar tradición e innovación, por tener tradición de futuro, por articular estabilidad y cambio, por contar con personas que supieron ser de su tiempo para hacerla progresar con continuidad y sin vaivenes.

Creo en la universidad como espacio tejido de curiosidad intelectual, como ámbito privilegiado del argumento y la conversación, de las palabras ya dichas y de las palabras que están por decir y como lugar de reflexión para escapar del limitado horizonte de lo inmediato.

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