Para que gane la Universidad

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Estamos en vísperas de un proceso tan importante para la sociedad asturiana como el de la elección de un nuevo Rector de la Universidad de Oviedo y quiero, antes de nada, mostrar mi respeto, consideración y reconocimiento a todos los candidatos por su generosa disposición a asumir una tarea que reporta alguna gloria pero que conlleva, sobre todo, dedicación, servicio y esfuerzo.

Empiezo por expresar una sensación, no sé si compartida por otros universitarios, sobre la marcha de una campaña que parece eludir debates de fondo al tiempo que soslaya algunos temas centrales en el profundo cambio que se está produciendo en el mundo universitario.

Lo más llamativo es esa especie de curioso consenso de todas las candidaturas en cuestiones que requerirían más que un fácil acuerdo un complejo debate sobre la viabilidad de algunos objetivos. Aumentar el número de profesores, reducir las dedicaciones, contar con grupos más pequeños, congelar las tasas, ofrecer mejoras a los empleados….. son algunos ejemplos donde en lugar del necesario debate se han suscitado coincidencias que no dejan de llamarme la atención. ¿No es ése un circulo difícil de cuadrar, un equilibrio difícil de alcanzar? ¿Promesas de campaña o verdaderos proyectos para la responsabilidad de la gestión?

Más allá de esas propuestas concurrentes que no me acaban de cuadrar, me sorprenden además los escasos ecos de campaña respecto a cuestiones imprescindibles para pensar la Universidad a lo grande, para promover proyectos de adaptación a los profundos e irreversibles cambios que están experimentando las universidades. Me refiero, entre muchas otras cuestiones, a algunas como las que señalo brevemente a continuación.

En primer lugar, al diseño una verdadera estrategia de desarrollo académico. Ya no vale el “todos hacen de todo y todos hacen lo mismo” sino que las universidades han de identificar sus ventajas competitivas y definir el “mix” más adecuado de sus orientaciones académicas incorporando, además, nuevos modos de organizar y ofrecer las enseñanzas. No se trata solo de ofertar titulaciones a la vieja usanza, sino de hacerlo de un modo distinto que integre los cambios que se están registrando: en la renovada demanda de cualificaciones; en la creciente movilidad de las enseñanzas impulsada por la educación transnacional; en los nuevos perfiles y formas de participación en la educación de los estudiantes, que tomarán cursos de distintas instituciones y con diversas modalidades; y en un escenario en que podría diluirse la importancia de los títulos académicos frente a credenciales que tendrán para los empleadores un valor similar al de las universitarias.

En segundo lugar, a la propuesta de acciones y medidas específicas para evitar que nuestra Universidad se quede rezagada en un escenario que consolida una brecha creciente entre las universidades y en el que la competencia está abierta, se guía por la reputación y el prestigio y se asienta en unos “ranking” convertidos en elementos de institucionalización de esa competición, que se plasma en todos los terrenos, pero muy especialmente en la captación en número y calidad de estudiantes, profesores e investigadores y en la atracción de talento.

Tercero, a la adopción de planes de actuación destinados a afrontar los radicales cambios que comporta la irrupción del componente educativo “on line”. La gente desea estudiar “a la carta”, dónde, cuándo y cómo quiere. Las experiencias de aprendizaje ya están tanto dentro como fuera de las aulas e impulsan el desarrollo de modelos híbridos y colaborativos. Las certificaciones (pagadas) de cursos “on line” (gratuitos) pueden inundarnos de titulados por las universidades de mayor prestigio y amenazar nuestras actuales titulaciones. Y, todo ello, obliga a revisar nuestros roles como educadores y deja obsoletas viejas concepciones de la estructura, organización y funcionamiento de las universidades tradicionales.

Cuarto, a los proyectos de fomento de estructuras y ambientes de verdadera innovación que, más allá del necesario impulso a la investigación de excelencia o del estímulo al emprendimiento, plantea el desafío de incorporarse a la dinámica de innovación que se contempla en la proliferación de múltiples y novedosas iniciativas, ilustradas por casos como el de la Singularity University, que ni concede ni pide títulos, atrae a las mentes más brillantes y se propone actuar en las fronteras más disruptivas del conocimiento.

Y quinto, a las medidas encaminadas a la implantación de nuevas esquemas organizativos en que los objetivos de eficiencia se impongan; en que primen las técnicas de carácter más gerencial y las estructuras más flexibles y adelgazadas; en que se consiga una mayor diversificación de las fuentes de financiación; y en que se abra paso la necesidad de revisar la actual configuración de los sistemas de gobierno universitario. Resulta muy revelador, por cierto, contemplar que uno de los principales esfuerzos de las mejores universidades se centra en la creación de nuevas e imaginativas estructuras capaces de sortear las burocracias y rigideces existentes que impiden adaptarse con rapidez y eficacia a las nuevas demandas.

Para que gane la universidad, merece reflexionar sosegadamente sobre cuestiones como éstas y, desde el día después de las elecciones y con el elegido al frente, contribuir todos los universitarios a su desarrollo. Ése sería también el mejor modo de volver a movilizar, ilusionar y dinamizar una Universidad que, junto a los planteamientos más innovadores, nunca debe perder las viejas esencias. Las que la conciben como laboratorio de ideas y en su doble dimensión “técnica y moral” (J.S. Mill); como formadora de oficios y de personas, que se resiste a reducir el templo del saber a una simple expendeduría de títulos. Las esencias que mantienen el viejo fundamento humanista de la universidad; que nos recuerdan que la educación ha de servir además de para ganarse la vida para saber vivir; que en la era del interés no olvida la utilidad de educar en el desinterés y se empeña en la vuelta a ese saber “improductivo” que consiste en saber pensar. Las que conciben, en fin, a la universidad como una verdadera fábrica de oportunidades y uno de los más valiosos instrumentos para una mejor versión del mundo y de la sociedad.

Juan A. Vázquez