Los “animal spirits” de la economía asturiana

2014 - 513

Ya se ha dicho tanto sobre la economía asturiana que, para no repetir cosas sabidas, me arriesgo a escribir tentativamente sobre lo que podrían considerarse los “animal spirits” de nuestra economía regional. Los “animal spirits” fueron descritos por J. M. Keynes como  comportamientos o actitudes (entre económicas, sociológicas y psicológicas) que influyen de manera decisiva en la vida económica y que condicionan de manera determinante la capacidad de crecimiento.  Sin ningún afán exhaustivo, me parece que hay al menos cinco de esos elementos, de esos “animal spirits” (más coloquialmente también podríamos considerarlo como nuestros “demonios familiares” económicos), que tienen gran influencia sobre nuestra economía.

El síndrome del último de la fila, es el primero de esos “animal spirits” que percibo en la economía asturiana. Quizá por las heridas todavía abiertas de un largo proceso con el declive económico como punta de lanza y con un declive social en los cimientos, o por la dureza de unos ajustes que han dejado una profunda huella, se ha instalado un pesimismo que ha arraigado como sentencia sumaria de todo juicio sobre nuestra economía regional. Razones no faltan para ello, pero esa actitud ni permite poner en valor las potencialidades de que indudablemente disponemos, ni reconoce y estimula las fuerzas emergentes que por fortuna se van abriendo dificultosamente paso, ni resulta la disposición más favorable para crear, renovar, emprender y construir un futuro mejor. Sería bueno, por eso, que la mentalidad colectiva y los discursos dominantes no nos llevasen a contemplar el horizonte solo en negro, sino con una gama más variada de tonalidades, aunque no podamos decir que las cosas sean precisamente de color de rosa.

Malos cobradores. Los asturianos somos malos cobradores (lo he escuchado a una destacada empresaria asturmexicana) y éste podría ser el segundo de nuestros “animal spirits”. No malos pagadores, sino “malos cobradores”. Nos gusta más invitar que pagar a escote. Preferimos hacernos cargo de la factura a compartirla, regalar a mercantilizar y hay muchas cosas por las que, afectados de un cierto pudor, nos cuesta cobrar. Puede que se trate de un rasgo identitario que nos empuja a la generosidad, de una muestra palpable del tradicional grandonismo  asturiano o de una herencia ancestral de pueblo guerrero poco inclinado al comercio. Pero desde la lógica económica, me parece elocuentemente revelador de, al menos, dos cosas. Por una parte, de un cierto desdén a la hora de identificar, reconocer, aprovechar y procurar la valorización de muchos de los recursos y valores que tenemos (entre ellos, muy destacadamente el capital humano). Y, por otra parte, me parece expresivo de una cierta incapacidad para rentabilizar y comercializar nuestros recursos, para transformar valores en precios y poner precio a las cosas que tienen valor.

 El todo es menos que la suma de las partes, es decir, que la calidad y diversidad de muchos actores de la economía y la sociedad regional no se refleja en los resultados colectivos. Del tercero de estos “animal spirits” tenemos múltiples ejemplos: contamos con destacadas individualidades en los ámbitos científico, de la innovación, las artes, la educación, la sanidad o la empresa, entre otros, pero la resultante dista de acercarse a la suma de las partes, cuando no anula algunos de los sumandos. De modo que meritorios esfuerzos individuales o grupales solo conducen a precarios resultados globales y sustentan una sensación de insatisfacción sobre el funcionamiento conjunto del sistema. Cuando eso ocurre, la culpa no cabe achacarla a las partes sino al todo y pone de manifiesto dos tipos principales de problemas. Por un lado, los que se relacionan con deficiencias organizativas y con la evidencia de que lo decisivo no radica tanto en la disponibilidad de factores y recursos como en el modo en que éstos se articulan y organizan. Y, por otro lado, los que ponen de relieve, como uno de los “animal spirits” y una de las carencias más llamativas de nuestra economía regional, la baja propensión a la cooperación, la débil capacidad de implicación de los agentes en torno a proyectos y visiones compartidas y la escasa disponibilidad de adecuados mecanismos de coordinación.

 Aldea global o aldea perdida. Es en términos de dilema como mejor creo que se puede plantear el cuarto de esos “animal spirits” de la economía asturiana.  En el dualismo entre economía cerrada y abierta, sociedad local o global, cultura industrial o industria de la cultura y del conocimiento, se debaten todavía buena parte de las pautas que impregnan a nuestra economía regional, en un proceso ambivalente, que progresa lentamente y en el que la paulatina modernización de agentes económicos y entramados institucionales pugna con segmentos resistentes y con la fortaleza de grupos que limitan la modernización y los procesos de cambio. Las dinámicas de la globalización encajan mal con las tendencias al repliegue que se perciben en algunas parcelas de la vida económica, social y cultural de la región; con los localismos entendidos como elementos de refugio y disgregación; o con comportamientos que se asemejan a un reflejo de perdedores de la globalización que buscan el amparo de mundos reconocibles y aparentemente más seguros, que ya han dejado de existir, y que conducen más a la aldea perdida que fue que a la aldea global que aun estamos por ser.

Para repartir hay que crear. El quinto de los “animal spirits” asturianos, remite a un discurso que se ha instalado como dominante en la esfera social y política de la región y que parece contemplar los objetivos distributivos como si apenas tuviesen nada que ver con las metas asignativas y productivas. Es decir, como si fuese posible atender la vertiente de la protección social descuidando las estrategias de crecimiento y competitividad y como si el entramado institucional se concibiese exclusivamente como un instrumento de protección, de cohesión y de prestación de servicios, pero no como un actor fundamental del crecimiento económico. Para repartir hay que tener, hay que crear, y el diagnóstico de nuestra economía regional pone claramente de manifiesto la urgente necesidad de Asturias de orientar sus estrategias hacia el dinamismo económico y la competitividad, tanto para corregir los déficits de crecimiento registrados como para poder garantizar por esa vía la sostenibilidad de los importantes logros alcanzados en la esfera de la distribución. Algo que obligaría a replantear las bases que sustentan el discurso dominante en la actualidad y a hacer que, en estos momentos, la gran prioridad regional se centre verdaderamente en la creación de empleo, el crecimiento y la competitividad de las empresas y de nuestro sistema productivo.

Dinamismo económico frente a declive, competencia frente a protección,  repliegue frente a salida, cooperación frente a disgregación, pesimismo paralizante frente a activismo en nuevas iniciativas, eficiencia asignativa al lado de los objetivos distributivos, conforman escenarios en que se desenvuelven, no siempre en la dirección más adecuada, algunos de los  “espíritus animales” de la economía asturiana y componen el territorio y los dilemas que van a definir el futuro de esta economía que se bate entre lo que nos puede proyectar hacia la aldea global, lo que nos puede devolver a las esencias de la aldea perdida o lo que nos puede llegar a reducir a la categoría de aldea a secas.

Juan A. Vázquez

 Catedrático de Economía Aplicada

 Universidad de Oviedo