Rector Alas

Desfile

La Universidad de Oviedo ha tenido a lo largo de su historia grandes figuras a las que a veces se ha postergado al olvido, en contraste llamativo con el modo en que, en ocasiones, se han engrandecido algunas pequeñeces.

Una de esas grandes figuras es, sin duda, la del Rector Alas, que se nos muestra en el más singular de todos los cuadros de nuestra galería de Rectores con un aspecto casi frágil y tímido, moderado en el ademán y sereno en el gesto, extendiendo su mano hasta tocar unos atributos rectorales con los que llamativamente es el único que no se encuentra revestido. Quizá más que un cuadro sea éste un retrato; un verdadero retrato de su figura, de su trayectoria y de sus avatares vitales.

No cabe duda que el del rector Alas es uno de los casos más destacados con los que habíamos contraído una de las deudas más fundamentales: la de la memoria.

 Eso es lo que me llevó a mi como Rector, y a mi equipo, a organizar hace ya diez años un acto de homenaje y de reivindicación de su figura. Seguíamos la estela de quien fue pionero en la tarea, el rector Marcos Vallaure. Contábamos con el respaldo del gobierno regional y de muy amplias y diversas instituciones sociales, que se hicieron presentes en el acto. Tuvimos, desde luego, el arropamiento de la familia y la presencia de su hija Cristina y de sus nietos Leopoldo y Cristina Tolivar Alas. Había, claro está, alguno que pensaba que estas eran cosas del Rector, que mejor se dedicaba a otras tareas (tampoco decía a qué tareas).

Fue un acto solemne, celebrado en este Paraninfo el 23 de febrero de 2007, en el que intervinieron el rector Marcos Vallaure, el profesor David Ruíz, el presidente del Principado Álvarez Areces y en el que, como recogió la prensa “se dieron cita miembros del gobierno, del mundo sindical, de la judicatura y, en fin, representantes de todos los ámbitos de la vida pública asturiana”.

En el acto tuve el honor de entregar a Cristina Alas un título con el reconocimiento institucional de nuestra Universidad y, para que nada quedase como fruto fugaz de un día sino que estuviese permanentemente entre nosotros, se dio el nombre de Rector Alas a una de las aulas de este edificio histórico en la que se descubrió una placa con el siguiente texto: “En homenaje a D. Leopoldo Alas García-Arguelles, víctima de la intolerancia, en desagravio a la ignominia de su destitución y muerte, con un emocionado recuerdo y reconocimiento como rector magnifico de la Universidad de Oviedo”.

La ministra de Educación Mercedes Cabrera envió una carta de adhesión al acto en la que afirmaba que “setenta años después del asesinato de Leopoldo Alas la comunidad universitaria hace viva su memoria recuperando el espíritu que insuflaba su obra” y, por mi parte, como presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE) en aquel momento, tuve ocasión de expresar en nombre de todas ellas “el atroz desmoche a que las universidades fueron sometidas durante el franquismo”

Más allá de la crónica de lo que yo guardo en mi memoria como un emotivo momento, aquel simbólico acto, al igual que este de hoy o del que organizó el rector Marcos Vallaure, fue ante todo un acto de justicia y de reparación institucional pendiente y debida.

Con estos actos, con la repercusión que tuvieron, con los que se organizaron en otras instituciones, se dieron pasos significativos, aunque seguramente insuficientes, para reivindicar su figura. Frente a su muerte trágica, quedaron dichas todas las palabras gruesas de condena. Frente al tiempo del olvido, se alzaron voces para rescatar su memoria y poner palabra donde antes hubo silencio.

Por eso no insistiré mucho más en ello y creo, en cambio, que para dar una postrera victoria a la vida sobre una muerte ignominiosa, lo más importante es reivindicar su obra, su trayectoria, sus mensajes, es decir su vida. Y es en eso en lo que quiero centrarme para contemplar su figura no desde la óptica de un regreso al pasado sino como una proyección al encuentro del futuro, no como revancha sino como propuesta, no como un ajuste de cuentas con la historia sino como un modo de ir ajustando cuentas con el porvenir.

Siempre somos herencia y en la del Rector Alas se contienen algunas de las mejores identidades universitarias que nos han de servir para el presente y para construir nuestro porvenir. Hay, al menos, tres de ellas que a mi me parecen fundamentales y a las que muy brevemente me voy a referir.

La primera es la de un espíritu universitario emparentado con la Institución Libre de Enseñanza, con la Junta de Ampliación de Estudios, depositaria de las esencias del “Grupo de Oviedo”, comprometida con las ideas y el pensamiento, que hoy, metidos entre tantos rankings, índices de impacto y todo tipo de métricas, me parecen esencias que la figura de Alas nos invita a reivindicar, porque se están cerca de perder.

La segunda identidad, que en esta era de desafectos no está tampoco de más recordar, es la del universitario exigente en lo académico y comprometido en lo social; comprometido a la vez con la ciencia y con sus deberes cívicos, implicado en la vida social, en la extensión y proyección de la universidad hacia la sociedad, que no dejó de pronunciarse como ciudadano, de prestar su conocimiento al servicio público, de poner prestigio al servicio de la mediación y de la resolución de conflictos, como los suscitados, por ejemplo, por la crisis hullera de los años veinte (que describe con inteligencia en su artículo “La vida económica de Asturias” publicado en la Revista Nacional de Economía).

Y la tercera de sus identidades es la del reformador. La del profesor sensible y atento, por ejemplo, a los proyectos de renovación pedagógica, como consta en el discurso de apertura del curso académico 1922-23, que reeditamos con motivo del acto de homenaje celebrado en 2007. La del universitario comprometido con las reformas universitarias, con ideas que, como si no hubiese transcurrido el tiempo casi servirían para hoy, como la advertencia de que reformar es algo más que promulgar Reales Decretos y requiere siempre, como decía Ortega “crear usos nuevos” y una profunda y compartida reflexión.

Voy terminando ya. Me parece que esas son identidades y valores universitarios fundamentales para que la memoria y el recuerdo del Rector Alas permanezca siempre entre nosotros y no sea fruto fugaz de un solo día o de la ocasión de un homenaje cada diez años.

Con esa misma finalidad y, desde luego, con muy buen criterio, el moderador de este acto, nos había invitado a pensar en algunas propuestas para la normalización institucionalizada del recuerdo del Rector Alas. Aunque haya sido con retraso y poco a poco, se ha avanzado en eso y, por fortuna, su nombre ya figura en calles, edificios o aulas de la Universidad y forma parte, desde luego, del elenco de personajes destacados de la historia de la Universidad en el libro que editamos con motivo del cuarto centenario.

No es que yo tenga alguna ocurrencia brillante en este momento, pero quizá su nombre pudiese tenerse en cuenta para denominar alguno de los programas universitarios de innovación docente, de investigación o de actividades de extensión universitaria, al modo en que durante mi rectorado dimos el nombre de Alas, en este caso en homenaje a los dos Alas, a un programa de intercambios con Latinoamérica (de paso Alas significaba América Latina-Asturias).

Pero esto me da la oportunidad de plantear que la Universidad debería ser más activa y procurar hacer más presente la simbología de su historia y personalidades en la vida y la sociedad asturiana y ésta hacerse más receptiva hacia lo universitario, porque he visto recientemente como se barajaban nombres de jugadores del Real Oviedo para renombrar calles (algo a lo que desde luego no me opongo) pero no de científicos o de universitarios.

No quiero concluir, en fin, sin aludir a la dimensión de Leopoldo Alas como Rector que acertó a gobernar con sabiduría y con prudencia y contrapuso a la tensión una actitud apaciaguadora, a veces malentendida y con la que desde luego no fue recompensado. El Rector que supo estar a la altura cuando el momento era trágico y mantuvo el ánimo sereno al contemplar la destrucción de la Universidad y que desplegó una voluntad decidida para hacerla renacer de sus cenizas, acometiendo la reconstrucción de la biblioteca (en la muy notable obra de teatro “El Rector” de Pedro de Silva, se percibe casi esa obsesión por salvar los libros, por recomponer la biblioteca de la Universidad).

Hoy 80 años después, creo que reivindicar la riqueza de su vida es el mejor modo de vencer a lo ignominioso de su muerte. Que mantener viva su memoria es la manera de certificar que se equivocaron quiénes creyeron acabar con el espíritu universitario que representó Leopoldo Alas.  Que recuperar sus valores es la contribución que está a nuestro alcance para reconocer, y reconocernos, en las más fundamentales señas de identidad de nuestra historia. Y que en la permanente pugna entre las dos almas que componen nuestra Universidad, la renovadora frente a la acomodaticia, tendremos siempre una referencia imprescindible en la figura del Rector Alas. Por eso su vida, su trayectoria, su final trágico no fueron inútiles, Por eso podemos decir hoy, con palabras de Carlos Fuentes, “Nunca digas lo he perdido. Mejor di lo he devuelto. Piensa que es cierto. Hay quienes mueren para ser amados más”.

Muchas gracias.

Juan A. Vázquez. Ex Rector de la Universidad de Oviedo

Paraninfo de la Universidad. 20 de febrero de 2017