¿Aldea global o perdida?

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El futuro es, como diría Borges, “el jardín de los senderos que se bifurcan”, sin un camino trazado que nos conduzca directamente a él. Por eso, tratar de responder a la pregunta de ¿hacia dónde vas, Asturias? es como aventurarse por una senda llena de laberintos y permite poco más que referirse a algunos de los dilemas que determinarán nuestra dirección en cada encrucijada del camino.

En ese trayecto no estaremos solos y Asturias será lo que sean España y Europa e iremos hacia donde ellas vayan, aunque del ritmo de nuestro paso dependerá que nos situemos a la cabeza o quedemos rezagados en el grupo.

 

Partimos con pesados lastres en la mochila, que habrá que aligerar: entre otros, una demografía regresiva y envejecida, una posición periférica, unas huellas del declive que han traspasado de lo económico a lo social, una debilidad institucional, una insuficiente capacidad de generar empleo y actividad empresarial. Pero también contamos con provisiones para el camino: por señalar algunas, capital humano, formación, recursos ambientales, cultura industrial, red de protección social y, especialmente, un prometedor segmento de actividades emergentes y nuevos emprendedores.

 

Donde verdaderamente nos jugamos el rumbo es en las bifurcaciones, en el modo en que acertemos a resolver dilemas que hoy nos atenazan, de los que, por razones de espacio, aludiré solamente a tres.

 

El primero, es el que nos debe hacer pasar de exportadores de capital humano a receptores de talento. El segundo, el que se dirime entre la apertura o el repliegue, entre abrirse a un mundo globalizado o refugiarse en mundos del pasado, como se percibe en algunas tendencias de la vida regional. Y el tercero, es el que ha de desplazar las prioridades de las políticas económicas hacia las estrategias de dinamismo económico, empleo y competitividad, tanto para corregir nuestros déficits de crecimiento como para garantizar los logros alcanzados en la protección social.

 

Lo decisivo, en todo caso, es no quedarse quietos y ponerse de inmediato a caminar. Atreverse a salir a la intemperie del futuro en vez de buscar el amparo del refugio en el pasado. Porque eso es lo que, al final del camino, nos puede devolver a la aldea perdida que fuimos o proyectarnos hacia la aldea global que tenemos que llegar a ser.