Cuatro décadas de economía asturiana

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Si, como el viajero del tiempo de la película “Regreso al futuro”, nos trasladásemos al año 1978, encontraríamos que un periódico costaba 15 pesetas (0,10 euros), una caña 10 (0,06), un televisor 25.000 (150) o 350.000 (2.100 euros) un Seat 127. Claro que desde entonces el IPC ha crecido alrededor del 550%.

Bastarían curiosidades como éstas para hacerse idea de la magnitud del cambio registrado en esos 40 años que celebra Prensa Ibérica, en los que hemos presenciado múltiples y sustanciales transformaciones. La evolución económica a lo largo de esos años ha transitado por diversas coyunturas, desde fases de crisis a expansivas, pero en su conjunto ofrece el balance global de un indudable progreso, sintetizado en el crecimiento de la renta absoluta y por habitante y en la elevación de los niveles de bienestar material.

En efecto, el PIB de Asturias entre 1978 y la actualidad se ha multiplicado por once y la renta per cápita por doce veces, al tiempo que los niveles de consumo se han ampliado extraordinariamente, homologándose con los patrones europeos y permitiendo el acceso universal a bienes y servicios reservados antes sólo a una parte de la población.

No se han recuperado plenamente los niveles de 1978, pero contamos con 84.000 ocupados más que en 1995 y con 16.000 parados menos

Al mismo tiempo, esos cuarenta años han contemplado profundos cambios económicos, muchos de ellos comunes al conjunto de la economía española, como la apertura exterior y la internacionalización, la modernización empresarial, la ampliación del Estado del bienestar, el paso a una Administración descentralizada o el cambio sectorial. Este último ha tenido una especial incidencia en Asturias, visible tanto en la industria, que pierde más de veinte puntos de participación en el PIB (y especialmente en la producción de carbón, reducida en un 90%, y las industrias extractivas, que recortan su empleo en el 80%), como en una agricultura protagonista de una permanente reconversión silenciosa.

Transformaciones a las que hay que sumar las dos más trascendentes. Por un lado, la integración europea, que para Asturias ha supuesto el acceso a fondos estructurales, decisivos para el sector agrario y las infraestructuras, y la introducción de reglas de competencia en una economía apuntalada por protecciones y subvenciones. Y por otro lado, la irrupción de nuevas tecnologías (inimaginable en 1978, en que hablar de wifi, tuit, whatsapp o selfie parecería hacerlo en un idioma extranjero) y su determinante impacto en el funcionamiento de la economía y en la emergencia de nuevas actividades y procesos.

Pero lo que resulta más específico y singular en las transformaciones registradas por la economía asturiana en esa etapa es el complejo proceso que certifica el final de un modelo productivo, y casi de una época, a través de un prolongado periodo de reconversiones y declive.

Una crisis que, como escribiera Arturo López Muñoz por entonces, era “de capital, de técnica, de productividad, de dimensión (…) y la quiebra de todo un sistema (…) la liquidación de una situación histórica sobre la que se asentó el capitalismo tradicional español”, abordada sin planificación regional alguna, con débiles instrumentos de política económica (planificación indicativa, polos de desarrollo…) y que desembocaría en las intensas reconversiones que abarcan buena parte de ese periodo y han dejado profundas huellas en nuestra economía.

Aun así, la historia de la economía asturiana en esos cuarenta años no es sólo la del declive sino también la de una renovación incipiente, modulada y más limitada de lo deseable, pero con indudables avances y logros. En torno a mediados de la última década del pasado siglo podría establecerse la frontera entre una etapa de tenaz resistencia y otra de dificultosa renovación de nuestro modelo productivo; parece marcarse la transición de la época de grandes reestructuraciones a la del inicio de la emergencia de nuevas actividades y el paso de un ciclo más específico de la economía asturiana a otro más acompasado al de la economía española.

Algunos datos así parecen ponerlo de manifiesto. Hasta el año 95 es notorio el deterioro de muchos indicadores respecto a 1978, con caídas pronunciadas de la población activa y ocupada y un aumento muy sensible del paro. En cambio (pese a la diversidad de coyunturas que llevan de la expansión a la crisis y a la recuperación) la mejoría es claramente visible desde mediados de los noventa, con un balance que muestra que en la actualidad contamos con 28.000 activos y 84.000 ocupados más y con 84.000 inactivos y 16.000 parados menos que en 1995.

Con todo, no se han logrado recuperar plenamente aún los niveles de esas variables en 1978 y se han acentuado otras tendencias regresivas. Por un lado, la de una población que pierde peso en el conjunto nacional continuamente y sufre un envejecimiento que constituye uno de nuestros mayores problemas.

Y, por otro lado, el retraso relativo respecto a la media española o de las comunidades autónomas, con una posición de Asturias favorable en los indicadores de protección social pero desfavorable en los de dinamismo económico y de avance de la productividad.

Algo que nos recuerda la necesidad imperiosa y pendiente de diseñar una verdadera estrategia de reformas y de reorientar las políticas económicas hacia objetivos de creación de empleo, crecimiento, dinamismo económico y competitividad, como gran prioridad regional.

 

LA NUEVA ESPAÑA. ESPECIAL 40 AÑOS. 27 junio 2018