El economista en su laberinto

 

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El laberinto de la economía.

Que la economía es un laberinto puede constituir una creencia para quienes la contemplan desde la distancia, ajenos pero sometidos a sus preceptos, recelosos ante sus insondables mundos y sus crípticos mensajes. Pero es también una constatación para quienes vivimos en estrecho contacto con ella. El primer laberinto de los economistas es, pues, el de su propio campo de trabajo, el de la economía. Incluso es laberíntica su propia definición. “Economía es lo que hacen los economistas” declara esa conocida definición de Jacob Viner que más que esclarecer viene a revelar el confuso panorama de nuestra disciplina. No se si por transposición podría llegar a admitirse que “economistas son los que hacen economía”, pero en uno y otro caso, contempladas así las cosas, seguiríamos oscilando entre la duda y la perplejidad al contemplar la diversidad de lo que hacen los economistas. ¿Qué es, pues, esa laberíntica disciplina llamada economía y esos seres que la pueblan llamados economistas? ¿De qué hablamos cuando hablamos de economía?, porque es posible, como señalara Robbins, que “todos hablemos de lo mismo si bien no nos hemos puesto de acuerdo sobre el objeto de nuestra conversación”.

Les he prometido atajos y, para no hacer pesado el camino, tomo ya uno de ellos para resumir algunas ideas. La primera es que la economía es una especie de árbol con muchas ramas unidas por el tronco común del razonamiento económico y que ese modo de razonar y de concebir el mundo es uno de los elementos que más contribuye a definir y a identificar los perfiles de la profesión de economista. La segunda idea es que se trata de una disciplina en construcción cuya trayectoria está marcada por la búsqueda permanente de un canon científico y metodológico, por la pretensión casi obsesiva de alcanzar el reconocimiento como ciencia. La tercera idea es que la economía ha avanzado mucho y que a la vez que ha experimentado avances muy sensibles en la capacidad analítica y en los instrumentos se ha resentido en la visión de su objeto y su finalidad y ha puesto al descubierto sus importantes limitaciones para entender y afrontar los problemas de la realidad. Veamos brevemente estas cuestiones.

¿De qué trata, pues, la economía?  Si nos fijamos en los temas, en las preocupaciones, en los enfoques, habrá que repetir que la economía es como un árbol con muchas ramas, con tantas ramas que a veces impiden ver el bosque. Y si no llega a ser una torre de babel es porque compartimos un mismo lenguaje. En el difícil empeño de delimitar un objeto de la economía quizá no haya otro recurso más gráfico que el sugerido por el propio J.S. Mill: el de “la muralla de una ciudad que se construye, usualmente, para circunscribir las edificaciones ya existentes”. Clásicos, neoclásicos, marginalistas, liberales, marxistas, keynesianos, monetaristas, schumpeterianos, neoliberales, son algunos de los habitantes a los que circunda esa muralla. Y como si hablásemos de los diferentes barrios de esa ciudad, a la economía se le han ido poniendo apellidos: financiera, monetaria, regional, internacional, del sector público, etc.

 

En el mismo centro, en el núcleo original de esa ciudadela llamada economía, que ha ido creciendo imparablemente, se encuentra la economía y los economistas clásicos, la economía concebida como ciencia de la riqueza de las naciones, como economía política cuyos principios contribuyeron a establecer A. Smith, David Ricardo, R. Malthus, John Stuart Mill, como economía ocupada en el bienestar y el crecimiento, que ha constituido una preocupación casi permanente para muchos otros grandes economistas a lo largo de la historia. Desde ese cementerio bello y tenebroso, escocés por los cuatro costados, al que me acerco siempre que visito Edimburgo, la figura de Adam Smith sigue evocando la mitología, tan al gusto de la ciencia económica, de la mano invisible y de una de las ideas más simples y de los conceptos más centrales y potentes que sustentan a la ciencia económica. Es la idea de que las actuaciones individuales guiadas por el propio interés pueden conducir a resultados socialmente deseables y, en la esfera económica, llevar a una asignación eficiente de los recursos que logra ese instrumento sacrosanto denominado mercado y que no ha conseguido la utopía de la planificación centralizada.

Sobre esos cimientos han ido surgiendo nuevas construcciones que dibujan el moderno “skyline” de la ciudadela de la economía. Neoclásicos y marginalistas van incorporando nuevas concepciones y, sobre todo, nuevos instrumentos que abren paso a la economía como elegante técnica de relaciones formales. El rascacielos keynesiano encumbra a las alturas el papel del Estado como regulador de la actividad económica, marcando una impronta que, en la teoría y en la acción, ha dejado huella y perdura, y es objeto de debate, hasta ser redescubierta en estos días de crisis. Y más a ras de suelo, Lionell Robbins había marcado el trazo de calles y avenidas y el rumbo por el que habrían de discurrir ya los tráficos principales de la economía al definirla, seguramente con la definición más célebre y más celebrada, como la ciencia de la asignación de los recursos escasos entre usos alternativos, confirmando el tránsito de la Economía Política a la Economía a secas.

Concebida de ese modo, la economía se convierte en la ciencia de la elección, pasa a ser una ciencia general del comportamiento en un aspecto de la acción humana, la lógica de la elección en condiciones de escasez; pierde parte de su acento social para convertirse en una lógica de la actividad racional aplicable por igual en una competición de ajedrez o en un ejercicio militar. Precios frente a valores, individuos frente a sociedad, armonía frente a conflicto, los individuos considerados como decisores racionales antes que como seres sociales, eficiencia frente a equidad, escasez frente a bienestar, son algunos de los cambios de acento que muestran claramente ese giro conceptual.

En esta nueva concepción la escasez pasa a ser el núcleo esencial de nuestra ciencia, que por eso se ha ganado el apelativo de ciencia triste, incluso de ciencia lúgubre, que no cesa de recomendar sacrificios y ajustes, impuestos y cargas, transferir tiempo presente por futuro, ahorro por consumo, disfrute por previsión, que nos advierte severamente de los riesgos de la inflación y de la deflación, que nos tienen siempre saliendo o entrando en alguna crisis. En este quiebro, la economía certificaba, pues, sus nuevos rumbos: el del progreso en un nuevo potencial y un imparable reforzamiento de la capacidad analítica; y el del retroceso en la consideración de un objeto amplio de la economía al modo de la economía política de los clásicos. Un paso adelante y un paso atrás en el zigzagueante camino de esta disciplina en su laberinto, en el proceso de configuración como ciencia de esta disciplina que, como ha dicho Samuelson, “es la más antigua de las artes y las más moderna de las ciencias sociales”.

Esta es la segunda de las ideas que había invocado inicialmente, la de la búsqueda casi obsesiva de un canon metodológico que refrendase el carácter científico de una “disciplina blanda”, en construcción, en la que resulta difícil encontrar verdades absolutas, en la que no hay respuestas para todo; de una disciplina que no es una ciencia exacta y que por ello ha tenido siempre el complejo y la pretensión de emparentar con las ciencias experimentales para adquirir el rango de disciplina científica. Una pretensión y un complejo al que no han escapado, sino que han alentado, los economistas y que, por lo que se ve, podría afectarles no solo en ésta sino en otras vidas. Cuenta Krugman que un economista de origen indio explicaba la teoría de la reencarnación a sus alumnos de doctorado diciendo: “si sois economistas buenos y virtuosos os reencarnareis en físicos. Pero si sois malos y perversos, os reencarnareis en sociólogos”.

¿Físicos o sociólogos?. ¿La economía como arte o como ciencia?. ¿Ciencia del progreso y del bienestar o de la escasez?. ¿Asignación o distribución de los recursos?. ¿Eficiencia o equidad?. ¿Ingeniería o ciencia social?. Son éstos algunos de los dilemas desatados en ese proceso de construcción de la economía como ciencia, que han pugnado y siguen pugnando en la concepción, en las orientaciones, en los trabajos de la economía y de los economistas. En fin, la economía concebida como ciencia social ante su concepción como ingeniería, como una ciencia experimental con leyes económicas que adquieren un carácter universal, como si de las leyes de la gravedad se tratase, con una concepción puramente positivista desprovista de contenido social, que habría registrado grandes progresos analíticos, pero que encontraría serias limitaciones para explicar la realidad y tratar de resolver sus acuciantes problemas.

El nuevo enfoque explicaría la pugna de concepciones en el mundo de la economía y de los economistas, serviría para entender la multiplicidad y diversidad de campos en que nos encontramos trabajando a los economistas y, al mismo tiempo, las limitaciones para hacer frente a las nuevas realidades económicas, para contribuir a la resolución de los principales problemas de la realidad. A medida que el campo de interés y de trabajo de la profesión se ha ido diversificando, ganando en rigor e incorporando nuevos instrumentos, el objeto de la economía se ha hecho cada vez más difuso y estrecho y, en ocasiones, ha perdido relevancia. Esta era la tercera de las ideas de partida.

No cabe duda de que el progreso de la ciencia económica ha sido verdaderamente impresionante: “las herramientas analíticas han mejorado y aumentado de continuo; se han recolectado cada vez más datos empíricos para la verificación de las hipótesis económicas (…). Sin embargo el desarrollo del pensamiento económico no ha asumido la forma de una progresión lineal hacia las verdades del presente. Aunque ha progresado el pensamiento económico, las exigencias del tiempo y el lugar han impuesto muchas desviaciones”, como dice Mark Blaug.

A pesar de que nuestra comprensión de los problemas económicos se ha incrementado enormemente, las desviaciones y las limitaciones de la ciencia económica en su cometido de explicar y tratar de resolver los grandes problemas de la sociedad, son igualmente notorios y patentes. La autocomplacencia en el dominio de los instrumentos, en la formulación de preceptos y recomendaciones, a veces con el marchamo de pensamiento único, choca llamativamente con las frustraciones y lagunas en la resolución de los problemas económicos contemporáneos. La sacralización del mercado parece destinada a hacer creer que los mercados pueden resolver por si mismos los problemas sociales, a ensalzar los fallos del Estado y a encubrir los fallos del mercado, a enfrentar a ambas instituciones en vez de reinventarlas, actualizarlas y hacerlas más eficientes. La pretendida desideologización encubre, a veces, una verdadera militancia ideológica. La primacía de la eficiencia sobre la equidad, de los principios que gobiernan la asignación eficiente de los recursos frente a la esfera de la distribución, que sale del campo de la economía para refugiarse en el de la ética, conduce de la mano de la inteligente socarronería de Fabián Estapé a preguntarse “¿pero quien mató a per cápita?”.

Las realidades de la nueva economía no han sido digeridas ni comprendidas todavía convenientemente por la ciencia económica. Los efectos de la globalización llevan camino de generar tanta controversia en la calle como en los posicionamientos de la economía para apoyarla o condenarla, en vez de replantear la arquitectura económica internacional y procurar una globalización más humana, efectiva y equitativa, que limite sus efectos más devastadores y resulte más acorde con su mismo potencial y posibilidades. Habría que recordar, en fin, con Galbraith, que la ciencia social “debe someterse a la prueba de la utilidad”, pese a que “como ha reiterado Veblen, esto sea un considerable inconveniente profesional y los economistas mejor considerados en vida han sido siempre los que han sabido limitarse a la especulación abstracta, depurada de toda finalidad”.

La necesidad de alcanzar el rango científico ha orientado, como he dicho, buena parte de los esfuerzos y de las elaboraciones en economía. Y como en toda necesidad, no siempre ha dominado la razón; como en todo lo complejo, ha aflorado la tentación de caer en el exceso. Se ha resaltado siempre que la economía tiene un lenguaje propio, pero resulta que además cuenta ahora con un metalenguaje. Ya no es solo que la gente no logra comprender a los economistas sino que, en ocasiones, tampoco los economistas son capaces de entenderse entre sí. Ese nuevo metalenguaje es el matemático. El problema no radica en que la economía se apoye en la matemática, que constituye un firme e imprescindible soporte para el rigor científico de la disciplina, sino en que se apropie y desfigure la verdadera esencia de la economía y la sustancia acabe sacrificándose al instrumento para imponer concepciones abstractas y modelos matemáticos artificiales y completamente alejados de la realidad.

No cabe duda de la decisiva contribución del instrumental cuantitativo al desarrollo de la teoría del crecimiento (véase el ejemplo del desarrollo endógeno de Romer), del comercio internacional y, en fin, de la ciencia económica en su conjunto. Pero no deja de ser cierto también que, a base de una mayor complejidad formal, se han ofrecido, en muchos casos, elaboraciones estériles de cuestiones irrelevantes alejadas de los problemas de las crisis, el crecimiento, el empleo o la globalización, que habrían de preocuparnos en nuestros días. Cada vez contamos con mejores herramientas, con instrumentos más depurados para encontrar respuestas, pero sufrimos una escasez preocupante de preguntas interesantes.

La revolución formal, la aplicación de las  matemáticas y de las técnicas econométricas, ha supuesto un indudable avance que ha abierto nuevas vías al tratamiento de los problemas económicos. Pero esta orientación, en su posiciones mas extremas, encierra serios peligros para el progreso de la ciencia económica: el riesgo de reducir la economía a ejercicios de modelización sobre cuestiones irrelevantes; el de sacralizar a un tipo de economista matemático que, como ironizó Roberto Velasco, “es el que cuando no sabe un número de teléfono, en vez de preguntarlo, lo estima”.

A ello han contribuido últimamente las modas universitarias, el influjo de recientes Premios Nobel, los ejemplos de brillantes economistas importados o reincorporados de reputadas universidades made in USA, el rechazo de las mas selectas y exigentes revistas científicas a todo lo que no tenga el respaldo de algún sofisticado modelo matemático, y un cierto papanatismo. Desconozco si el impacto filmográfico de Nash y los Oscars a su “mente maravillosa” han hecho estragos o puesto alerta sobre los riesgos. Aunque nos queda el consuelo y la certeza de saber que muchos de los más grandes maestros de la economía no necesitaron fórmulas muy complicadas para hacer grandes aportaciones a la ciencia económica y, a la vez, a la prosa y a una bien ganada fama de brillantes escritores que tan  pocas profesiones pueden esgrimir como la nuestra.

Más allá de desviaciones como éstas, la economía introduce muchas dosis y elementos de sentido común. El camino recto del laberinto de la economía, el tronco común que une a ese árbol con muchas ramas es el que ofrece el razonamiento económico, una forma de concebir y razonar que desarrolla el gusto por el pensamiento abstracto y, a la vez, enfrenta con realidades concretas, que permite disfrutar del razonamiento puro y tratar de entender y participar en la resolución de los problemas de la sociedad, que gusta del desarrollo lógico y del razonamiento científico por su rigor conceptual, que ha logrado incorporar a la sociedad los criterios de la racionalidad, la eficiencia y la optimización en el manejo de los recursos y ha aportado criterio y orientaciones, tantas veces desoídas, en la gestión, en la política y en la organización de la sociedad. La economía puede parecer una disciplina árida, esotérica, incomprensible, pero puede cambiar la vida de las gentes, buscar su bienestar y prosperidad y eliminar la pobreza. Y ese es su mejor potencial.

 

 

El laberinto profesional.

Dejemos ya el ámbito de la economía para ir directamente a los economistas y a algunos de los rasgos más singulares de su actividad profesional. Como minotauros contemporáneos, aprestémonos a transitar de nuevo por otro laberinto de dilemas en que los senderos se bifurcan interminablemente para conducir por rutas que se separan y se entrecruzan, que igual nos pueden hacer sentir perdidos que vislumbrar la luz, conducirnos a la salida o devolvernos a la puerta de entrada del laberinto.

Cuenta mi madre que, siendo yo pequeño, hizo fortuna mi ocurrencia de responder a la pregunta de qué querría ser de mayor expresando espontánea y desconcertantemente que quería ser obispo. Es evidente que no he llegado a obispo, ni siquiera lo he pretendido y seguramente no lo habría conseguido aunque me lo hubiese propuesto. Claro que tras hacer pareja en muy diversos actos protocolarios con mi respetado Don Carlos Osoro, me he ido dando cuenta de que llegar a Rector es una forma de haber llegado a Obispo (y como Presidente de la CRUE a algo así como Presidente de la Conferencia Episcopal), no se si laico o de una particular congregación que se denomina académica, especialmente en una ciudad como la de Oviedo y en una Universidad como la de Valdés Salas. Y ello pone de manifiesto que mi ocurrencia infantil no dejaba de tener algo de premonitorio y que al fin y al cabo los caminos de la vida son muy dispares y a veces incluso sorprendentemente confluyentes.

Admitamos, pues, que entre Rector y Obispo podría haber algunas concomitancias. Lo que no se relaciona aparentemente para nada es mi aspiración infantil al obispado con mi trayectoria posterior como economista. ¿O si se relaciona?  Más allá de lo aparente, he encontrado que puede haber también al menos un punto de relación (y no excluyo que haya muchos otros) en el hecho de que si de crío hubiese dicho que quería ser economista habría resultado igual de sorprendente y desconcertante que mi aspiración al obispado. Por la juventud de la profesión o por su naturaleza, porque no haya logrado producir héroes mediáticos o series televisivas, el caso es que no he encontrado a nadie que desde pequeño quisiese ser economista (hago la salvedad de que esta circunstancia pudiese haberse dado en el caso de Juan Velarde). De “guaje” se puede querer ser futbolista o ciclista, mecánico o cantante, médico, periodista, abogado, ingeniero, pero economista ya es más raro.

Si fuese plausible esta hipótesis, podríamos tener ya una primera aproximación a una profesión de economista a la que se llega más por exclusión que por devoción, en la que se desemboca pero no se nace. Aunque al decir lo de obispo no fuese consciente de que expresaba una posición antes que una profesión, interpreto ahora que lo que estaba era excluyéndome de las diversas cosas que se podía desear ser razonablemente y por lo tanto estaba incluyéndome en el conjunto de los que podían acabar siendo economistas.

Volvamos un momento sobre esa idea de que la de economista no forma parte de las vocaciones precoces. Si de pequeño son muy pocos los que dicen querer ser economistas, en cambio de mayor son muchos, incluso demasiados, los que desean serlo. Podría querer decir esto que nuestra profesión tiene como aliado al tiempo, que no deja de ser un bien escaso y por lo tanto un bien económico. Podría ser que en ese devenir inexorable del tiempo que parece destinado a invertir los equilibrios inestables entre realidad y deseos, entre formulaciones ideales y materiales, la lógica del economista se acompasa mejor a las constataciones adultas de la escasez que a las perspectivas infantiles de la abundancia. Pero seguramente es que la del economista se ha convertido en una profesión de éxito, que ha ganado cotas de aceptación y reconocimiento social, de manera que no se si los economistas son los magos o los nuevos hechiceros de la sociedad contemporánea, pero parece indudable que algún hechizo tiene esta profesión.

Con todo creo que hay algo más que a mi me parece lo fundamental. Sería un exceso llegar a decir que la del economista es una profesión para quienes no saben que profesión elegir, por el hecho de que no genera una identidad específica ni unas vocaciones tempranas y marcadas, pero algo hay en ello de singular, de significativo y de atractivo. Llegados a ese momento decisivo de la adolescencia en que, con más desconcierto que datos, con mas incertidumbre que seguridades, en la tensión entre el azar y la necesidad, te enfrentas inexorablemente con decisiones que han de marcar el rumbo de tu vida, es una forma de abrir y no de cerrar puertas, de apuntar un rumbo sin fijar necesariamente una trayectoria, de optar por un perfil que permite ir definiendo posteriormente muchos otros perfiles. El carácter polivalente de la profesión de economista es sin duda una de sus principales características y seguramente uno de sus elementos más singulares, más apreciados por los mercados de trabajo de nuestros días, más expresivos a la vez de esos espíritus en continuo movimiento como el de Valentín Andrés Alvárez que, en permanente búsqueda, siempre están dejando y empezando a ser algo.

¿Es una o varias profesiones la de economista? Una y varias profesiones a la vez, por las muchas profesiones que hay en una misma profesión y ésta constituye una de las más destacadas características y a la vez uno de los principales dilemas de nuestro economista en su laberinto. Economistas hay por todas partes y en todas partes. En la empresa, en la administración, en la universidad, en la banca, en la alta dirección o en la ventanilla de depósitos. Dedicados a las finanzas, la producción, el marketing, la organización, la contabilidad, la auditoría, los impuestos, la gestión de recursos humanos, nos encontramos economistas y ello no pasa de ser habitual pero muy expresivo de los perfiles múltiples y la naturaleza polivalente de los economistas. Para la política también la profesión ha mostrado algunas dotes y es curioso como una de las profesiones más jóvenes ha venido en ayuda de una de las más viejas. Es más excepcional, pero seguramente también encontraríamos economistas en el pelotón ciclista que se esfuerza en el Tour de Francia, entre los futbolistas que juegan en la “Champions league”, entre literatos, cantantes, humoristas, artistas y vendedores de todo género. Es decir, que ser economista puede no servir para nada y sirve a la vez para todo y éste es uno de los rasgos más destacables, más atractivos, que más distingue y, si se quiere, hasta más desconcertantes de esta profesión de profesiones, que bajo un mismo rótulo incluye tanta diversidad de ocupaciones y tareas que la mayor parte de las veces poco tienen que ver entre si aparentemente.

Esa diversidad complica hasta lo imposible cualquier intento de hacer una tipología de los economistas. Y sin embargo aun cabe identificar algunos prototipos que nos sirvan de referencia en el laberinto de la profesión. La división más convencional es la que deriva de los mundos del economics y del business, de dos mundos en un continuo flujo que los junta y los separa, en un permanente, recurrente flujo, que ha llevado a la separación de la carrera en dos Licenciaturas y ahora en dos Grados (los de Economía, por un lado, y de Administración y Dirección de Empresas, por otro lado), a la distinción entre Facultades y Escuelas de Negocios, entre la macro y la microeconomía, entre la actividad teórica y la práctica, entre los mundos de la administración y de las empresas y a marcar diferencias especialmente entre la formación de grado y la de postgrado.

Vayamos con otras divisiones menos convencionales. Si, con Valentín Andrés Álvarez admitimos que en la economía, como en la vida, todo es cuestión de “cuentas o de cuentos” podríamos estar avanzando una división entre economistas “numéricos” y “literarios”. Si como nos sugiere la fina ironía de Valentín, de nuevo, “una cosa son los números y otra las pesetas”, ya tenemos apuntada otra categoría. Mientras los economistas manosean los números, los empresarios manejan los euros y aquí mas que una división lo que emerge es una fractura entre los primeros, que abundan, y los segundos, que escasean; entre la capacidad de gestión empresarial y de administración eficaz, a la que destacadamente han contribuido los economistas, y la capacidad de detección de oportunidades, la asunción de riesgos y la vitalidad emprendedora, que constituye la seña de identidad de los verdaderos empresarios. Y, en fin, habría que tener en cuenta esa otra expresiva división entre dos tipos de economistas que debemos a Krugman: los “profesores” y los “vendedores de políticas económicas”. Desgraciadamente, los políticos casi siempre prefieren a los segundos y entre los primeros hace mayor fortuna quien logra convencer a sus colegas de que es inteligente que quien contribuye verdaderamente a  resolver o a comprender problemas económicos de la realidad.

Esa figura del economista “vendedor de políticas económicas”, que aporta uno de los rasgos menos esenciales pero más visibles de la profesión, no ha tenido poco que ver con la concepción social del economista como mago y hechicero de la tribu contemporánea y con una de las desviaciones de la profesión en su laberinto: la de los gurús, que ofrecen recetas para todo, que afortunadamente ya se han empezado a observar con prudente y justificado recelo, y que han proliferado a costa fundamentalmente de políticos ávidos de imágenes para construir fantasías pero también del papanatismo de algunos empresarios hechizados por las seudo teorías de moda.

Vendedores de prosperidad o de crisis, los mensajes de los economistas han ido calando en la sociedad hasta convertirse en verdaderos creadores de opinión y emitir señales que, también de modo dual, les ha valido igualmente la imagen de profesional solvente que contribuye con sus preceptos a la racionalidad y al crecimiento, que la de gentes pesimistas que se dedican a cantar verdades molestas y a afear las conductas ineficientes, a proponer consejos que conllevan esfuerzos y sacrificios de los ciudadanos, a anunciar crisis y a prosperar con las desgracias ajenas.

A la disparidad de ocupaciones hay que sumar la disparidad de criterios, de enfoques y de posiciones que ha hecho de la controversia casi devoción en una profesión como la del economista con un nulo sentido corporativo, que practica mucho mas el debate y hasta la descalificación entre sus miembros que la protección gremial de la casta, quizá por su juventud frente a otras profesiones, quizá por su diversidad de ocupaciones y de planteamientos o por la misma incertidumbre que caracteriza a los procesos y al funcionamiento de los mecanismos económicos. Así se ha ido asentando esa idea atribuida a Churchill de que cuando se reúnen varios economistas hay siempre un número de opiniones superior al de personas, y se ha dado alas a esa maldad achacada a Keynes de tener casi siempre dos opiniones sobre un mismo asunto y, a veces, contradictorias entre sí. Hay incluso otras variedades a las que los economistas somos propensos: el deslizamiento desde la búsqueda de la desideologización para hacer ciencia a la ciencia como instrumento ideologizante; desde la ciencia a la militancia en busca de conversos. Pero en este mundo laberíntico y paradójico de los economistas, donde uno y su contrario pueden llegar a ser verdad al mismo tiempo, podemos encontrarnos también con el pensamiento único, con sorprendentes grados de coincidencia en los que, en ocasiones, la única disidencia proviene de la realidad, con estados de opinión de los economistas con los que, al decir de Samuelson, ocurre como con los esquimales en el igloo: que cambian todos de postura a la vez.

Junto a la devoción por el debate, el gusto por la predicción parece inherente a los economistas que disponen de una innata predisposición hacia la conjetura, a prueba de todo tipo de descalabros en sus previsiones. Más certeros con el pasado que con el futuro, y como si condujesen un vehículo mirando por el retrovisor, se ha dicho que economista es alguien capaz de explicar con todo detalle la crisis inmediatamente anterior y de errar por completo en la apreciación de la siguiente. Incluso llegando a la caricatura se ha dicho que economista es el que explica mañana porque no se ha cumplido hoy lo que predijo ayer. Descartada la charlatanería, a la que esta profesión resulta proclive, incluso las más sólidas previsiones están sujetas a elevados grados de incertidumbre por el propio carácter y la naturaleza de la economía. Y sin embargo, esas previsiones, acertadas o erradas, no resultan neutrales dada su capacidad de influir en las expectativas en esa ciencia casi psicológica que es la economía que, fundadas o no, puede acabar por convertir en realidad a las predicciones. Dicho de otro modo, cuando todos creen que ha de subir la bolsa, la bolsa sube y cuando todos consideran que ha de bajar, baja.

Queda el lenguaje y, en este caso, el lenguaje como seña de identidad y a la vez como barrera protectora de la profesión. Quizá se ha exagerado y el uso de un lenguaje propio no es mayor que en otros gremios (la informática por ejemplo acabará pudiendo con todos) aunque su proyección social y mediática haya hecho más evidente que los economistas disponen de una jerga para iniciados, que en sus acepciones más habituales ha llegado incluso a prender e incorporarse al lenguaje cotidiano. En esta era en que más que el contenido importa la forma de lo que se dice, es posible que ello haya contribuido a la popularidad de los economistas, positiva o negativamente, a su fama buena o mala, pero al fin y al cabo a su fama y a su popularidad. Yo creo, con todo, que el problema no radica en el lenguaje de los economistas sino en el uso que se hace de ese lenguaje y de esos conceptos por parte de algunos políticos y periodistas e incluso de algunos economistas. Aunque en ese proceso de difusión social de los vocablos económicos se han encontrado aliados inesperados que han permitido relacionar siempre lo críptico con lo cotidiano. La gente ha podido aprender qué era la inflación de la mano de aquel malvado pollo causante de todos los males, ha entendido lo de los fondos de inversión como un atractivo proyecto relacionado con las islas vírgenes, ha puesto rostro a las OPAS y los “bonus” financieros, ha comprendido con la llegada del euro el concepto de ilusión monetaria, ha adquirido un sagrado temor a siglas muy diversas que provocan un acto reflejo en dirección a la cartera, ha sabido que auditoría se escribe con grafía de Enron y fechoría con el nombre de Madoff, ha aprendido inglés de la mano de las “stock options” y las hipotecas “subprime”, ha comprobado que recesión es cuando tu vecino se queda sin empleo y depresión cuando el que se queda sin empleo eres tu y que en la bolsa, como en el metro, antes de entrar es conveniente dejar salir.

Debo ir concluyendo y dejo por eso el terreno más inabarcable y complejo en que se entrecruzan el mundo económico con el educativo, el economista con el académico, las racionalidades a veces encontradas del “homo economicus” con la del “homo academicus” y quizá otro día, y con mayor bagaje, me anime a contarles la experiencia del economista como rector y del rector como economista. Solo quiero apuntar ahora que con tanta disparidad de que hacen gala los economistas no resulta nada sencillo acertar sobre los perfiles más adecuados para su proceso formativo, por más que sea en los núcleos fundamentales de la economía donde se encuentra el cuerpo de conocimientos básico e imprescindible para la profesión en cualquiera de sus perfiles. Hace ya años, con motivo de una de las reformas de planes de estudios universitarios coordiné un número de “Revista de Economía”, en el que dejaron escrita su opinión sobre este tema diversos y muy ilustres economistas españoles, que creo que sigue teniendo alguna vigencia. Recuerdo ahora la anécdota de aquella época en una reunión de decanos en la que participaba: imbuidos de un irrefrenable talante innovador, trabajamos durante varias jornadas en la elaboración de un nuevo plan de estudios hasta que finalmente un veterano en esas lides nos hizo ver el singular parecido de nuestra innovadora reforma con el viejo plan del 53.

Una y a la vez varias profesiones, polivalencia y variedad de ocupaciones, diversidad de enfoques y planteamientos, escasos grados de corporativismo y elevados niveles de controversia, consideración y al mismo tiempo recelo social, gurús y científicos, certeros en la retrospectiva, devotos y frecuentemente errados en la prospectiva, lenguaje críptico y a la vez usual entre las gentes, vendedores de prosperidad o de crisis: casi habría que decir ¿pero qué profesión es ésta?.

El caso es que la economía y los economistas han revolucionado los métodos de la gestión, de las organizaciones, de la planificación estratégica, y su influencia ha quedado patente en la sociedad y ha llevado a un aumento de su consideración social. Una profesión joven, a veces impopular e incómoda en sus recetas y prescripciones pero indispensable para el progreso de la sociedad, que comparte el tronco común del razonamiento económico y que permite comprender y ayudar a resolver los problemas de las sociedades actuales. Una profesión que en España, como he oído en muchas ocasiones a mi maestro José Luís García Delgado, ha hecho contribuciones decisivas a la introducción de la racionalidad económica, a la gestión en la empresa, los negocios y la administración, a la modernización económica del país y que ha tenido un protagonismo indudable y decisivo en los hitos centrales de nuestra más reciente historia económica: en el Plan de Estabilización que abrió paso al desarrollo español de las décadas siguientes, en la gestión de la crisis de los años de la transición y en todo el proceso de la integración europea hasta la implantación del euro. Y que esperemos sirva para encarar la grave crisis que estamos viviendo en el presente.

En la misma base de la ciencia que practica creo que se encuentra la clave última y más profunda de esta profesión: en el reto de hacer real el hecho de que persiguiendo su propio interés y los egoísmos particulares de cada cuál, los economistas trabajan simultáneamente por el progreso de la sociedad. Una profesión, en suma, apasionante, de pasiones múltiples, diversas y a veces hasta encontradas, que cada uno puede encontrar en el trayecto de su particular laberinto. Una profesión apasionante e incluso bien retribuida porque, sin pensar solo en el dinero, permite muchas, abundantes y generosas retribuciones tangibles e intangibles. Es en estas últimas en las que yo siempre me he considerado un economista muy bien retribuido.