¿Recuperación, para quién?

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En la economía abundan las contraposiciones. Como se ha acaba de ver, es de las pocas disciplinas capaces de otorgar el Nobel a la vez a dos teorías contradictorias. No es de extrañar, por tanto, que vivamos un momento con visiones tan contrapuestas.

Por un lado, han comenzado a proliferar los mensajes optimistas. La bolsa sube, España atrae inversiones y “llega dinero para todo”. Tras la sequía, las empresas lanzan de nuevo emisiones. Se domestica la temible prima de riesgo y el rescate bancario parece que llega a su fin. Las rebajas de costes alientan una recuperación de la competitividad que se expresa en el dinamismo del sector exterior. Hasta Bill Gates toma una participación en FCC.

¿Quiere decir esto que se está recuperando la confianza en nuestra  economía? ¿O simplemente que es temporada de saldos y que España está barata y es época de gangas? ¿Quiere esto decir que se está consolidando una tendencia a la recuperación? ¿O que más que en el inicio de la recuperación, estamos al final del estado de excepción?

Por otro lado, y en contraposición, lo que vemos es que el paro no mejora; que un pobre crecimiento del 0,2 por ciento, convierte en promesa de recuperación lo que no pasa de ser un índice de estancamiento para el año que viene y unas previsiones de crecimiento lento para los años después; que el consumo, la inversión, la demanda interna y el crédito no repuntan;  que la gente sigue arrastrando grandes dificultades; que siguen cerrando empresas, como ocurre con Tenneco o con Fagor; y que todo ello nos dejará en la economía española el balance de una década perdida en términos de PIB y de unos cuantos años más en términos de empleo.

Animados por los indicadores favorables, es como si se hubiesen desatado los ministros económicos. A Guindos parece como si le estuviese cambiando la personalidad y transmutando en campechanía su acrisolado aspecto de pijo de escuela de negocios. A Montoro, en cambio, el trance le ha ahondado una caricatura que ya parece haberse apropiado de sí mismo y que le lleva a histrionismos como el de los salarios, que no solo le refuta el INE sino la calle y en el que nada menos que el presidente de La Caixa ha venido a enmendarle la plana, al afirmar que el nivel salarial ha retrocedido al de finales del pasado siglo.

Ese optimismo desatado no parece sin embargo el que se respira en la calle. ¿Llueven millones y se sigue con recortes en las políticas públicas y amagando con la necesidad de nuevos ajustes? Esto es algo que la gente no puede entender y que no resultará nada fácil de explicar. ¿Será que perciben solo esa recuperación los sectores en que menos ha hecho mella la crisis?

Además de otros efectos bien conocidos, la crisis ha ahondado las desigualdades ya existentes en nuestra economía. El número de millonarios ha aumentado en España mientras la renta por persona y los salarios ha caído y han crecido las situaciones de pobreza y exclusión y la desigualdad social.

Si la crisis ha afectado fundamentalmente a los más débiles, a los estratos sociales de renta más baja, a los desempleados, vamos a ver si la recuperación no la perciben solo los ricos, porque sería una paradoja cruel que afectaría gravemente a nuestra cohesión social y que no se podría mantener. Es tiempo, por eso, para las políticas públicas de redistribución, que tienen en sus manos evitarlo.