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Muchísimas gracias a la Junta de Gobierno del Colegio de Economistas de Asturias, al Decano Miguel de la Fuente, a Ricardo San Marcos, a Ana Saráchaga que está en todo, por este reconocimiento que valoro tanto porque lo otorga el Colegio, porque proviene de mis colegas y por las personalidades tan destacadas que me han precedido y que me ponen en el serio trance de suceder nada menos que a un maestro de la economía como Juan Velarde, o de la empresa como Isidoro Álvarez, por citar sólo a quiénes han obtenido el galardón en los dos últimos años. Gracias, además, a quiénes tenéis la amabilidad de estar aquí hoy presentes en esta gran fiesta de los economistas asturianos. Es un verdadero privilegio sentirse rodeado por tantos colegas y amigos: gracias muy sinceras a todos.

Para corresponder a esta distinción, lo que no puedo es hacerme pesado  y por eso lo que quiero es contaros dos breves historias. La primera tiene que ver con la casualidad y se refiere más al pasado. Y la segunda se relaciona con mi visión de nuestra profesión de economistas.

A veces se llega por casualidad. Sin la casualidad de que un día decidiese entrar a escuchar una conferencia sobre la teoría de Malthus, no habríamos tenido al autor del manual de economía más consultado de la historia, al premio Nobel Paul Samuelson. Y sin el azar de que se encontrase con el Manual de Economía Política de Pareto, no se habría convertido Valentín Andrés Álvarez en uno de los mejores economistas asturianos de todos los tiempos.

Un poco por casualidad se definió también mi rumbo como economista, cuando tuve la enorme fortuna de cruzarme como alumno con José Luís García Delgado el año en que obtenía la Cátedra en la recién creada Facultad de Económicas y Empresariales de la Universidad de Oviedo y me trajo casi de la mano para acompañarle en la aventura.

Por casualidad, pues, cambió un rumbo que parecía abocado a convertirme con los años en ejecutivo de una multinacional de las de entonces, donde estaba haciendo mis prácticas de fin de carrera, pero que nunca me habría permitido disfrutar de los mayores honores de mi vida profesional: ser profesor universitario, Rector de mi Universidad de Oviedo, Presidente de los Rectores españoles.

Aquella casualidad se unió a otras que me permitieron vivir dos de los acontecimientos que, vistos ahora con la perspectiva que otorga el tiempo, creo que más han influido en la situación y la trayectoria de los economistas asturianos y en los que tuve la fortuna de participar y de sentirme protagonista: el nacimiento de la Facultad de Económicas, por un lado; y los primeros pasos del Colegio de Economistas de Asturias, por otra parte.

Por lo que respecta al Colegio, cuando yo llegué recién licenciado llevaba apenas un par de años de vida y  contaba con poco más de un centenar y medio de colegiados. Más porque éramos pocos que por méritos que no tenía, alguien pensó en mí al cabo de poco tiempo para formar parte de dos Juntas de Gobierno presididas por Ovidio Villa, entre los años ya lejanos de 1983 a 1987, junto a colegas a los que guardo un permanente afecto. Como no podría citar a todos los presentes, dejadme recordar a los ausentes, a René Vigil y a Millán Bárcena Cuetos.

No creo que sea solo la nostalgia lo que me devuelve al recuerdo la imagen de un grupo con un impulso y una ilusión desbordante, con una ambición casi temeraria como la que nos llevó a organizar con éxito el primer y hasta ahora único Congreso de Economía y Economistas de Asturias, celebrado en 1985, que inauguró una conferencia nada menos que de Luis Ángel y que presidió nada menos que Álvaro Cuervo, a quien agradezco muy especialmente su presencia en este acto.

Después de eso, hubo muchas ocasiones de colaboración más, como cuando pusimos en marcha la “Revista Asturiana de Economía” o cuando, como Rector, tuve el gusto de firmar el primer convenio entre la Universidad y el Colegio. E incluso eso me llevó a otras colaboraciones más allá de Asturias, con el Colegio de Madrid y el Consejo General, en los Congresos Nacionales de Economía, en la revista “Economistas” o en aquella verdadera joya que fue la desaparecida “Revista de Economía”.

Crecí, pues, como economista a la vez que veía crecer imparable al Colegio desde sus mismos orígenes hasta llegar un a un momento y un acto como éste, con tantos colegas y amigos reunidos, que constituye el testimonio y la mejor prueba de ese crecimiento. De los apenas 150 colegiados de entonces se ha pasado a los más de 1.500 de ahora. De un Colegio que arrancaba, a una entidad plenamente consolidada, como muestra su dinamismo, su presencia social y el despliegue de una amplísima actividad cotidiana que debemos agradecer al actual equipo de gestión del Colegio.

Por eso, hoy que me concedéis generosamente el privilegio de hacerme “Colegiado de Honor” quiero decir que yo he tenido siempre el honor de sentirme colegiado; y que es en nombre de las personas y los tiempos de entonces, de todos los que desde los inicios, con Eugenia siempre por testigo, han hecho posible esta trayectoria, como siento que puedo aceptar y agradeceros esta distinción verdaderamente.

El Colegio era, como he dicho, una pieza fundamental de la nueva era de los economistas asturianos que se iniciaba allá a mediados de los años setenta. La otra era indudablemente la recién creada Facultad en la que tuve el privilegio de vivir ya siempre desde sus inicios.

Los de anteriores generaciones habíamos tenido que ir a estudiar fuera, antes de que la Facultad arrancara al principio en el Seminario (como si la economía fuese la nueva religión de los tiempos) y se instalase poco después en el viejo almacén de González Besada, de la mano del rector López Cuesta y el decano Luís Carlón, con la fortuna impagable de contar desde los inicios con personalidades como las de José Luís García Delgado, Álvaro Cuervo, Antonio López Díaz o Rafael Anes. ¡Menuda alineación de grandes economistas asturianos!

No es el caso de contar hoy esa historia, en la que yo mismo tuve el honor de participar como Decano durante dos mandatos, sino de expresar tan solo un balance en el que seguramente hay algún debe pero que cuenta con muchas partidas en el haber y fundamentalmente con una: la de haber llenado la región de economistas –de tantos, que me encuentro por todas partes a ex alumnos a los que sostengo la mirada un momento para ver si guardan buen o mal o recuerdo de mí, es decir si aprobaron o no a la primera -; de haber llenado a Asturias de tantos economistas que han contribuido, que estáis contribuyendo, al empeño diario de mejorar la empresa, la administración y el bienestar de nuestra región.

Ésa es la fuerza de los economistas asturianos, lo que hoy aquí se reúne, lo que el Colegio y la Facultad juntos pueden lucir, lo que verdaderamente en un día como hoy celebramos con esta fiesta y lo que otorga verdadero valor a la distinción que habéis tenido la generosidad de concederme.

Lo segundo que quería contaros se relaciona con mi visión de la profesión y el papel de los economistas que para mí son ya casi una familia, con mi hijo Juan como economista en la OCDE en París y con María José a quien, con tu permiso Decano, podemos hacer también partícipe de este título honorífico por haber aguantado a dos economistas en casa.

Lo que creo es que la nuestra es una profesión muy peculiar, con múltiples perfiles, algunas contradicciones e indudables potencialidades y que se mueve en un laberinto. Quizá por su carácter o por su relativa juventud, el hecho es que la nuestra es una profesión que no genera una identidad específica ni unas vocaciones tempranas y marcadas. Si de pequeño dices que quieres ser economista puede resultar muy sorprendente, porque de crio se puede querer ser futbolista, cantante, médico, periodista o ingeniero, pero economista ya es más raro. En cambio, de mayores abundan los economistas y los encontramos por todas partes. En la empresa, en la administración, en la universidad, en la alta dirección o en la ventanilla de depósitos, encontramos economistas. Para la política también la profesión ha mostrado algunas dotes y no deja de ser curioso que una de las profesiones más jóvenes haya venido en ayuda de una de las más viejas.

Y ahí precisamente, me parece que radica una de las mejores virtudes y de las mayores  potencialidades de una profesión como la nuestra, que es una y varias profesiones a la vez, que no sé si nos ha convertido en hechiceros o es que tiene algún hechizo, pero que es muy generosa en oportunidades y perfiles, porque en vez de cerrar deja abiertas múltiples puertas para el desarrollo profesional y para que cada cual pueda encontrar su particular trayecto en medio del laberinto.

Esa diversidad de ocupaciones complica hasta lo imposible cualquier intento de hacer una tipología de los economistas. La división más convencional es la que deriva de los mundos del economics y del business, de dos mundos en un continuo flujo que a veces se juntan y a veces se  separan. Si consideramos que una cosa son los números y otra los dineros, ya tenemos apuntada otra categoría y mientras unos economistas manosean las cifras otros se dedican a manejar los euros.  Si, con Valentín Andrés Álvarez, admitimos que en la economía, como en la vida, todo es cuestión de “cuentas o de cuentos”, podríamos estar avanzando una división más entre economistas “numéricos” y “literarios” o adelantando esa otra expresiva división entre dos tipos de economistas que debemos a Paul Krugman: los “profesores” y los “vendedores de políticas económicas”. Desgraciadamente, los políticos muchas veces prefieren a los segundos y entre los primeros también podemos encontrar ese tipo de economista que, como dice mi buen amigo Roberto Velasco, es el que cuando no sabe un número de teléfono, en vez de preguntarlo, lo estima.

Hay incluso otras variedades a las que somos propensos: la de los economistas que dan consejos sobre todo tipo de asuntos y en particular sobre el dinero, por cierto a veces con tanto sentido común como cuando Henry Kauffman afirma que “la gente que se arruina (o que nos arruina) son de dos tipos: “los que no sabían nada y los que creían que lo sabían todo”; o como cuando Warren Buffet se pregunta: “¿por qué gente inteligente hace tonterías? porque para ganar dinero que no tenían y no necesitaban, arriesgaron dinero que sí tenían y que sí necesitaban”.

A esa diversidad de tipos y ocupaciones hay que sumar, además, la disparidad de criterios, de enfoques y de posiciones, que ha hecho de la controversia casi devoción en una profesión como la del economista que practica mucho más el debate entre sus miembros que la protección corporativa de la casta. Así se ha ido asentando esa idea atribuida a Churchill de que cuando se reúnen varios economistas hay siempre un número de opiniones superior al de personas, y se ha dado alas a esa maldad achacada a Keynes de tener casi siempre dos opiniones sobre un mismo asunto y, a veces, contradictorias.

Pero en este mundo laberíntico y paradójico de los economistas, donde uno y su contrario pueden llegar a ser verdad al mismo tiempo, también podemos encontrarnos con el pensamiento único, con sorprendentes grados de coincidencia, con estados de opinión de los economistas con los que, al decir de Samuelson, ocurre como con los esquimales en el igloo, que cambian todos de postura a la vez.

En fin, una y a la vez varias profesiones, polivalencia y variedad de ocupaciones, diversidad de enfoques y planteamientos, escasos grados de corporativismo y elevados niveles de controversia, gurús y científicos,  lenguaje críptico y a la vez usual entre las gentes; casi habría que decir ¿pero qué profesión es la nuestra?

El caso es que la economía y los economistas han revolucionado los métodos de la gestión, de las organizaciones, y su influencia ha quedado patente en la sociedad. Una profesión que resulta indispensable para el progreso social, que puede cambiar la vida de las gentes, buscar su bienestar y prosperidad y eliminar la pobreza. Una profesión que en España ha hecho contribuciones decisivas a la introducción de la racionalidad económica, a la gestión de la empresa, los negocios y la administración, a la modernización económica del país y que ha tenido un protagonismo indudable en los hitos centrales de nuestra reciente historia económica.

Vendedores de prosperidad o de crisis, los mensajes de los economistas han ido calando en la sociedad hasta convertirse en verdaderos creadores de opinión y emitir señales que, también de modo dual, nos han valido igualmente la imagen de profesional solvente que contribuye con sus preceptos a la racionalidad y al crecimiento, que la de gentes que se dedican a cantar verdades molestas y a afear las conductas ineficientes, a proponer consejos que conllevan esfuerzos y sacrificios, especialmente en estos tiempos de crisis.

A esto es a lo que, para terminar, me permitiréis que dedique una breve reflexión. Ya sé que no lo es, pero si la distinción que hoy me otorgáis fuese algo así como el premio al economista del año, tendría que decir  ¡¡menudo año !!, en éste que deseo que sea el último de crisis y el inicio de una esperada recuperación

La crisis nos ha saturado de problemas, de sufrimientos, de malas noticias y es lógico que los ciudadanos tengan razones sobradas para sentirse peor que engañados, desengañados. Los economistas padecemos también la crisis en términos de desempleo y de dificultades pero la vivimos, además, con incertidumbre y desconcierto ante unos escenarios desconocidos y cambiantes, porque la crisis ha puesto de manifiesto las muchas crisis que hay en la crisis: en el pensamiento, las ideas, las creencias, en los instrumentos y las orientaciones de las políticas económicas tradicionales.

Pero precisamente por todo eso creo que es ahora cuando los economistas somos más necesarios, cuando no debemos resignarnos sino atrevernos, porque no son éstos tiempos para el conformismo sino para el dinamismo; no vale la inercia sino un nuevo empujón; no hay que seguir la corriente sino ejercer liderazgos.

No hay recetas para salir de la crisis, pero de la crisis no se sale sin una receta compuesta por innovación, emprendimiento, ideas, conocimiento y educación, porque lo que las crisis enseñan es que ya nada puede volver a ser lo mismo, que no hay que hacer las mismas cosas sino cosas distintas, que no hay que hacerlas del mismo modo sino de modos diferentes; y por eso necesitamos del emprendimiento, de las ideas y de la innovación.

Tenemos que propiciar, además, el regreso de la economía real, de la economía productiva que nunca debimos olvidar, que contribuir a poner realidad donde ha habido mucha ficción y moderación donde ha habido demasiados excesos; y volver a la esencia de los principios fundamentales y al sentido común de la economía que nos dice que para comprar hay que vender y para repartir hay que crear.

Y tenemos que ser, también, economistas para la ilusión y para la esperanza, para la recuperación de la confianza en las capacidades de nuestra economía, de nuestras empresas, de nuestras gentes y para la regeneración económica, la responsabilidad social en la empresa y la ética en los negocios.

A todo eso es a lo que creo que debemos contribuir los economistas: estos seres que practicamos una profesión apasionante e incluso bien retribuida porque, sin pensar solo en el dinero, permite muchas, abundantes y generosas retribuciones tangibles e intangibles. En estas últimas, en las intangibles, es en las que yo siempre me he considerado un economista muy bien retribuido.

Ya sé que estas cosas suelen decirlas los ricos, y yo no lo soy, pero me refiero a eso que el hombre más rico del mundo, Carlos Slim, confesaba que le enseñó su madre. No a la retribución que proporcionan el dinero o las mejores notas académicas, el ser jefe o subordinado, el número de coches o de casas que tienes, sino la retribución que consiste en que te consideren, no en cuantos te siguen sino en cuantos te aprecian, no en el mucho tener sino en el bien estar y en la armonía con nosotros mismos.

Y precisamente en todo eso, hoy y de vuestras manos he recibido una de las retribuciones mayores por haber elegido esta profesión de economista.

Muchas gracias.

Juan A. Vázquez