Teo, rector

teo-rectorLa primera vez que entré en el despacho del Rectorado, del que luego casi no iba a salir durante ocho años, fue cuando conocí a Teo. Entonces yo era un profesor casi recién llegado a la Universidad de Oviedo y el motivo de la visita era hacer llegar al Rector alguna protesta que ya no recuerdo muy bien. Entramos casi como un grupo de “indignados” y salimos poco menos que “entregados”. Ése era el poder de la seducción y de la simpatía de Teo, que pude constatar tantas y tantas veces después.
Eran todavía los años en que España se desperazaba del franquismo y se asomaba a la democracia y, tal como lo veo ahora, la figura de Teo era la adecuada para el Rector de aquellos años de los inicios de la transición porque era persona dispuesta a transitar, a mudarse como exigían los nuevos tiempos, a convencer más que a vencer, a incorporar más que a excluir, a integrar a base de dialogar.
Para esa tarea de Rector, difícil en todos los tiempos, contaba Teo además con ese punto de picardía asturiana que, aderezada de proverbial simpatía, le servía para abrir puertas y concitar voluntades, para ganar afectos y desplegar encantos con los que obtener recursos, plazas, dineros, titulaciones (como la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales creada durante su mandato) para la siempre necesitada Universidad de Oviedo.
Escribo apresuradamente estas líneas, conmovido por la noticia de la muerte de Teo y no es el caso de rememorar ahora el detalle de toda su labor en el rectorado sino la de evocar con respeto, gratitud y reconocimiento una figura como la suya que forma parte destacada de nuestra historia e identidades universitarias.
Si puede decirse que hubo un momento en que el Rector López Cuesta y la Universidad de Oviedo llegaron a ser casi una misma cosa, en todo momento la Escuela de La Granda y Teo fueron la misma cosa. Compartí los inicios ilusionados de ese proyecto, la trayectoria brillante de días de cursos y veladas alumbradas con la presencia de Severo Ochoa y compartí recientemente con Teo en su domicilio el legado de la confidencia de su orgullo por esa obra, teñida por un punto final de decepción.
Todos somos herencia. Herencia de la obra y los días, de la memoria y de la impronta de quiénes nos precedieron. En la herencia de Teo estaba marcada la del “grupo de Oviedo”, de Canella, Aramburu, Sela, Buylla, Posada, Clarín, Altamira. Ahora sumamos al Rector López Cuesta a esas identidades en las que reconocemos nuestra historia universitaria.
De rector a rector, comprenderán que me sienta pequeño hablando de un Rector grande, conmovido por su pérdida, afortunado porque la vida universitaria me ha dado la oportunidad de cruzarme y de disfrutar de Teo López Cuesta.

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