Lecciones de la crisis

roto19

 

En pleno vendaval de la crisis ironizaba una viñeta de El Roto: “a ver si vuelve la sensatez a los mercados…. y podemos seguir con la locura”. Hay algún peligro de eso, de que pasado lo peor de la crisis todo vuelva a ser igual. Y para evitarlo habrá que reflexionar sobre algunas de las lecciones que nos deja la crisis.

No existen proyectos sin creencias y en tiempos de crisis de las certezas lo que se precisa es recobrar la certeza de nuestra capacidad para cambiar las cosas. Andamos desconcertados buscando respuestas pero hemos perdido la capacidad de hacer preguntas. Tenemos información pero nos falta conocimiento. Hemos avanzado en el perfeccionamiento de los medios pero nos hemos olvidado de los fines. Por eso, junto a las medidas, habrá que tener en cuenta los principios para salir de la crisis.

Quizá una de las más evidentes enseñanzas de la crisis es que se ha agotado un excepcional ciclo que nos ha permitido vivir por encima de nuestras posibilidades y que nos encontramos en un nuevo escenario en el que los tiempos de una economía bendecida por un ciclo de inflación baja y crecimiento rápido difícilmente se volverán a repetir, al tiempo que se dibuja globalmente un proceso de redistribución de la renta y la riqueza que está desplazando el centro económico mundial del Atlántico al Pacífico.

Más allá de las convulsiones financieras y los graves problemas de la economía real, la crisis ha servido asimismo para mostrar la ficción sobre la que se asienta un sistema que esconde mucha incertidumbre, que suple la falta de convicciones con la venta de productos, que ha convertido la realidad en escenografía en la que la apariencia cuenta más que la sustancia; de un capitalismo que mantiene la paradoja de invitar a lo que niega, de igualar en las costumbres y diferenciar en las oportunidades.

Bajo el ropaje de un pensamiento uniforme, ha habido también mucha ficción que toca ahora reconducir. La fe ciega en el mercado se ha resquebrajado y habrá que reconocer sus límites, que reflexionar sobre una economía que pese a su potencial analítico choca con serias limitaciones para resolver los problemas de la sociedad y que reformular unas políticas económicas que no han digerido las nuevas realidades de una era de globalización que requiere replantear la arquitectura económica internacional.

Hemos contemplado demasiadas imprevisiones durante la crisis, pero lo peor ha sido la falta de previsión en la tarea de recomponer nuestro modelo de crecimiento, de abordar reformas estructurales, de mejorar la productividad y ganar en competitividad, de encontrar nuevas fuentes de ventaja competitiva. Hemos sido muy arriesgados en lo especulativo y demasiado tibios con los riesgos de la innovación y eso es lo que hay que cambiar, porque la tasa de innovaciones es muy baja y la estructura de apoyo a la ciencia y la tecnología muy débil en nuestro país y porque de ello depende la regeneración de nuestro modelo de crecimiento y la capacidad de competir y crecer.

La crisis nos ha hecho ver también que lo privado no era tan eficiente como nos decían y volver la mirada hacia lo público. Pero no es a la confrontación sino al entendimiento a lo que lo público y lo privado están llamados, para forjar una nueva alianza entre Estado y mercado. El enemigo de lo público no es lo privado sino lo ineficiente y para salir de la crisis necesitamos reforzar y mejorar el papel de las instituciones y para que lo público resulte eficiente serán precisas profundas reformas y reflexionar con rigor sobre el alcance y la orientación de las políticas públicas. Y por eso hay que volver la mirada a lo público, pero con una nueva mirada y mediante la “alianza inteligente” entre las ideas y el poder, con el poder de las ideas y con las ideas del poder.

La crisis nos ha dejado, además, imágenes de banqueros demudados y financieros al borde de un ataque de nervios; de gobiernos sustituyendo al mercado y procediendo a la nacionalización; de la izquierda defendiendo el mercado y de la derecha propugnando la intervención; de una ciudadanía que ha sido quien mejor ha mantenido el tipo y que, sin entender gran cosa, ha evitado una desordenada estampida que da vértigo pensar lo que habría podido originar.

Pero lo que las crisis muestran, sobre todo, es que ya nada puede volver a ser lo mismo; lo que llevan en sus entrañas es la certeza de lo viejo que ya no sirve aunque subsista la incertidumbre de lo nuevo que aun no se alcanza a vislumbrar. Lo más fundamental que nos enseñan las crisis es que no hay que hacer las mismas cosas sino cosas distintas, que no hay que hacerlas del mismo modo sino de modos diferentes. Por eso, no saldremos verdaderamente de la crisis hasta que, frente a lo declinante, nos atrevamos con lo emergente, hasta que seamos capaces de percibir los profundos cambios que la crisis nos deja y de atisbar las transformaciones a las que nos enfrenta el futuro, para que así podamos convertir viejos problemas en nuevas oportunidades.