Paradojas

 

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Mientras más evidencias nos muestra una realidad que hay días que se convierte en desoladora, más se revelan sus múltiples paradojas. La desigualdad y las amenazas a la cohesión son, desde luego, algunas de las principales.

Pero también resulta paradójico que la tecnología sea innovadora y que no lo sea el pensamiento; que todos hablemos de innovación y que haya pocas innovaciones en lo que decimos; que se piense que para afirmar identidades es necesario poner fronteras; que en vez de afrontar la globalidad se  busquen refugios locales; que tengamos conciencia de ir sin rumbo, pero que sigamos la corriente.

Con todo, la paradoja que me parece más llamativa es la de recurrir a lo simple para afrontar lo complejo. No somos capaces de interpretar verdaderamente la complejidad de las nuevas realidades, de la nueva sociedad, y por eso la simplificamos.

Mensajes simples para situaciones complejas. Eslóganes en vez de proyectos. Denuncias sin soluciones. Lemas en lugar de alternativas. Recetas mágicas de chistera para complicados problemas económicos. La simplificación de lo complejo, ante la confusión que provoca una complejidad llena de paradojas.

Parece como si hubiese calado el mensaje de la pintada anónima en un muro de la ciudad de Quito: “basta de hechos, queremos promesas”. Quizá es que en tiempos de confusión y de crisis de las certezas lo que más se precisa es recobrar la certeza de nuestra capacidad para cambiar las cosas. Quizá es que más que nunca, los hechos son ahora cuestión de proyectos y de ideas.

Pero no, no se trata de recurrir a nuevas ficciones; no sirve refugiarse en promesas sin valor; no hablo de aceptar el engaño de más promesas engañosas; no pienso que haya soluciones simples para cuestiones complejas. Lo que se necesita son promesas que sean cosas prometedoras, propuestas motivadoras, proyectos movilizadores que devuelvan la pulsión a la sociedad y que nos permitan salir al encuentro del tiempo que está por venir.

Entre tanta paradoja, hay una que no puedo dejar de suscribir. La que (según cuenta Eduardo Galeano) alguien, quién sabe quién, escribió al pasar en un muro de la ciudad de Bogotá: “dejemos el pesimismo para tiempos mejores”.