Sociedades de mercado

 

 

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Para muchos de mis colegas en el mundo de la economía, se ha extendido una creencia firme: todo lo resuelve el mercado. No es solo que hayan olvidado que, desde sus inicios clásicos, junto a la de la asignación, la esfera de la distribución también forma parte de la economía. Ya lo dijo hace tiempo Fabián Estapé, con sarcástica ironía, “¿pero quién mató a per cápita?”.

No, no es sólo eso. Es que lo que se ha extendido mucho es la idea de que para todo hay soluciones de mercado. Decir otra cosa llega a parecer incluso poco académico y resulta casi irrebatible un pensamiento de mercado que ha ganado imparablemente terreno hasta hacerse dominante e imponerse frente a discursos alternativos que se han ido quedando huérfanos y vacíos.

 

¿Que hay que estimular la lectura entre niños?: pues pongamos incentivos (monetarios) en las escuelas por libro leído. ¿Que queremos estimular la donación de órganos?: busquemos soluciones en el mercado. ¿Que se forman largas filas para entrar en un museo?: paguemos extra para saltar a un acceso vip. ¿Que hay que hacer algo en el monumental embrollo energético?: pues pongamos en marcha subastas (con el sinsentido de propiciar lo que se trata de evitar, de recubrir de competencia subvenciones encubiertas destinadas a proteger industrias que acaban por ponerse en riesgo precisamente por la competencia abierta con las subastas). Son ejemplos nada imaginarios de cosas que, en ese mundo de excesos en que han caído muchos de mis colegas, no solo se proponen sino que se aplican para dar a todo soluciones de mercado.

Lo más importante, con todo, no está en las medidas que alientan sino en el espíritu que impregnan; no está en las soluciones que promueven sino en las líneas rojas que con ellas se llegan a traspasar.  Lo verdaderamente relevante es que nos enfrentan a un dilema moral (y no solo económico) contemporáneo: el de propugnar soluciones de mercado para regular relaciones sociales. La receta que se ha extendido se sirve en forma de un guiso que tiene el efecto de convertir las relaciones sociales en transacciones económicas.

 

Es para preocuparse. Y ello por dos razones que ha ilustrado muy bien un libro de Michael Sandel (“Cosas que el dinero no puede comprar”). Hay cosas que el dinero no puede, no debe, comprar (como la donación de órganos, por poner un ejemplo extremo) porque afectarían al acceso a bienes básicos de la sociedad y de los ciudadanos y porque la mercantilización de todo es la más profunda amenaza para una desigualdad que ya cuenta con múltiples amenazas.

 

Pero además, por otra fundamental razón. Como indica Sandel, los mecanismos de mercado “contaminan” las prácticas sociales. El uso de esos mecanismos de mercado ofrece soluciones para la organización de la actividad productiva, pero cuando se extienden más allá de sus dominios, cuando los valores de mercado lo impregnan todo y calan en los usos, las actitudes y las normas, entonces desplazan, alteran, cambian el carácter y el significado de las relaciones y de las prácticas sociales.

 

Y de ese modo, casi sin darnos cuenta, pasamos de tener “economías de mercado” a vivir en “sociedades de mercado”, en lugares donde todo está a la venta, donde la forma de pensar y los valores de mercado lo dominan todo (la salud, la educación, la vida en comunidad, las relaciones personales) y donde el coste de poner precio a todo se traduce en el efecto de segmentar la sociedad en mundos con vidas cada vez más separadas, con corrosivos efectos sobre la cohesión y sobre la democracia.

 

Por eso, ahora que tenemos que revisar tantas cosas, hemos de repensar con detenimiento y sin complejos también ésta: hasta dónde han de llegar los dominios del mercado; dónde caben y dónde no caben las soluciones de mercado; si queremos economías de mercado o sociedades de mercado.