Titulaciones universitarias: ¿4+1 ó 3+2?

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Tejer y destejer parece el sino al que los ministerios conducen con demasiada frecuencia al mundo universitario. Apenas hemos culminado la reforma de las enseñanzas que supuso el proceso de Bolonia y ya se está planteando una nueva reforma.

Es verdad que, del diseño a la obra, medió una aplicación burocratizada contraria al espíritu flexible y creativo de Bolonia, que arroja un balance de algunas luces y demasiadas sombras. Es verdad que quedó como elemento diferencial respecto a la mayoría de Europa esa estructura de los estudios en 4+1 que se propone ahora transformar en 3+2.

Pongamos, por eso, que pudiese tener razón en el fondo la propuesta de cambio que plantea el Ministerio de Educación. Pero no la tiene ni en los argumentos que invoca, ni en las formas, en esas formas que se han convertido en déficit permanente en el ministerio de Wert, ni en la oportunidad y los tiempos.

Más que disponer, me parece que habría sido preferible ponerse a disposición de las universidades y de las Comunidades Autónomas, para que una medida no se convierta en trabalenguas, para que una coexistencia de títulos diferentes no se transforme en una torre de Babel que deje a la sociedad perpleja y al mercado de trabajo confundido, al tiempo que se genera un considerable barullo organizativo a las universidades. El momento, el tiempo, el plazo y las condiciones importan y resultan decisivas en un proceso como éste. Correr ya habrá que correr, pero hacerlo sin definir muy bien la dirección puede ser un viaje que conduce a ninguna parte.

Legislar sin medir las consecuencias es un modo de irresponsabilidad y, por eso, creo que hay muchas razones de peso para pedir, como ha hecho la CRUE, una aplicación sopesada, prudente y con garantías de la propuesta, que permita algo tan básico como estimar consecuencias, evaluar resultados, establecer condiciones y transiciones, contar con apoyos (inexistentes hasta donde yo conozco), meditar detalles de la letra pequeña donde se ocultan todos los demonios que parecen ignorar los ministerios, quizá porque una cosa es la guerra en los planos y otra la guerra en las trincheras.

Pero vayamos, además, al fondo de la cuestión. Pongamos que el Ministerio pudiese tener razón en su propuesta de transformar el 4+1 en 3+2, aunque no sé si sabe muy bien porque la tiene, a juzgar por la simpleza de algunos de los argumentos utilizados. Dejemos de lado la broma de mal gusto del ahorro de los 150 millones de euros o las supuestas barreras a la movilidad del sistema actual (¿con quiénes?) para centrarnos en la verdad a medias de ese “Spain is different” en la estructura y duración de las enseñanzas que utiliza el ministerio para colocarnos al lado de los más irredentos sistemas universitarios,  porque en muchos países europeos coexisten el 3+2 y el 4+1, porque universidades de prestigio mantienen y defienden con convicción el 4+1 y porque ésa es la estructura que domina en Estados Unidos, en América Latina y en destacados países asiáticos.

En todo caso, lo que no cabe ignorar es que trazar una meta no exime de construir el camino para llegar a ella y, para garantizar el éxito en el recorrido, hay que basarse en las cosas que ya sabemos e interrogarse por las que aun nos quedan por saber.

Hay cosas que ya sabemos como las siguientes: que el número de títulos de Grado y Postgrado ha proliferado seguramente en exceso; que algunos títulos son fácilmente prescindibles; que hay desajustes entre oferta y demanda; que el número de Master ha seguido creciendo mientras el de alumnos se ha estancado y el tamaño medio se ha reducido; que solo alrededor de un 20% de los estudiantes de Grado continúan directamente sus estudios en el Máster; que el postgrado capta a más estudiantes extranjeros; o que las universidades privadas han alcanzado un mayor nivel de implantación relativo que las publicas en este segmento. Cosas relevantes, que no debiéramos dejar de tener en cuenta para orientar bien esta reforma.

Pero sigue siendo mucho lo que todavía nos falta por saber y antes de tomar decisiones sin cálculo convendría hacer algunos cálculos. Tendríamos que conocer bien las características y los resultados de la oferta y los recursos existentes: ¿lo haremos antes del proceso de acreditación de títulos?; ¿lo dirá un proceso de acreditación guiado más por aspectos formales que centrado en los aspectos verdaderamente relevantes desde el punto de vista académico y social?

Convendría conocer mejor la demanda de postgrado, sus márgenes y sus perfiles, disponer de mecanismos para captarla y preocuparnos más por el equilibrio oferta-demanda y su adecuación a las necesidades sociales y productivas.

Habría que disponer de más información sobre  los niveles de inserción laboral y (al margen de las profesiones reguladas) preguntarse por el tipo de títulos que verdaderamente habilitan para la entrada en el mercado de trabajo: ¿alguien duda de que en el ámbito de economía-empresa, por ejemplo, lo relevante será el Master?

Deberíamos preguntarnos por el impacto del cambio sobre la financiación, costes, precios, las repercusiones económicas sobre las universidades y disponer las medidas de acompañamiento necesarias para hacer asumibles esos impactos, para que no estemos una vez más, ante otra reforma sin recursos, sin apoyo a las universidades, sin el respaldo de préstamos y becas a los estudiantes y ante nuevos riesgos de exclusión de la universidad.

Tendríamos que considerar, además, cuestiones como que los empleos de futuro estarán más polarizados en los que requieren más baja y más alta cualificación y que, por lo tanto, deberían conducir a más población a los estudios de Master que son, por otra parte, los que otorgan competencias más cruciales para el mercado de trabajo en la sociedad del conocimiento.

Merecería, por eso, que reflexionásemos un poco más sobre esa idea simplista con la que, casi a la defensiva, se esgrime que el cambio sólo afectaría al 20% de los alumnos que actualmente cursan un Master. ¿Es que no aspiramos a más? En el Reino Unido, en cambio, se han alzado voces expresando preocupación por porcentajes tan bajos, planteando el objetivo de aumentar esas cotas, advirtiendo sobre el riesgo de exclusión de los estudiantes del propio sistema universitario si no se acierta a compatibilizarlos con la elevada presencia de extranjeros en los postgrados.

Y quizá debiéramos reflexionar sobre una contradicción latente que, preocupados porque nuestras universidades no aparecen en los puestos altos de los ranking,  a veces parecen llevarnos a querer resolver problemas relacionados con la investigación o con nuestras estructuras organizativas, mediante medidas relacionadas con las enseñanzas o los aspectos docentes, donde me parece que no solo no vamos por detrás sino muy por delante de bastantes sistemas universitarios.

En fin, en el paso del 4+1 al 3+2, el orden de los factores sí altera el producto y requiere contemplar, además, una profunda reordenación y reorientación académica en la oferta, el mapa y la organización tanto de los títulos tanto de Grado como de Master, que no se improvisa en un día.

No se trata, por eso de una simple cuestión de aritmética sino de geometría, y más bien diría que de geometría variable. Y éste es el punto más fundamental al que quiero referirme. El cambio, tal como se ha planteado, suena a rectificación de uno de los puntos errados del diseño de Bolonia. Pero puede que el error radique precisamente en eso, porque rectificar es como regresar a un punto de partida que ya no existe, que se ha desplazado porque todo se ha movido.

El regreso no puede ser, por eso, a un pasado que ya no existe sino a un futuro que tenemos que alcanzar si no queremos quedarnos atrás, que ha dejado un tanto obsoletos tradicionales dilemas y debates, que va a requerir estrategias de geometría variable y gran capacidad para adaptarse a nuevos escenarios y tendencias que están cambiando el mundo universitario tal como lo conocemos.

Los modelos que han venido funcionando hasta ahora están puestos en cuestión y se abren paso nuevos modos de organizar y ofrecer las enseñanzas, que han de adaptarse a una renovada y cambiante demanda de cualificaciones.

Esos cambios en la demanda tendrán que ir acompañados por una recomposición  de la oferta, cada vez más volátil y cambiante y con mayor componente de  educación transnacional, canalizada a través de vías como las ramas de campus internacionales, nuevos mercados y enseñanzas a distancia, y cambios en las vías tradicionales de movilidad, combinando los intercambios de estudiantes con la exportación de enseñanzas.

Las formas en que los estudiantes participan de la educación también están experimentando transformaciones muy significativas, con cambios en la presencialidad y dedicación a tiempo completo y en la duración de los estudios, con estudiantes que tomarán cursos de distintas instituciones, con diversas modalidades y estrategias.

La irrupción del componente educativo “on line”, además, está revolucionando el orden que conocemos en el mundo educativo: los recursos docentes están en abierto en la Red, la gente desea estudiar a la carta, dónde, cuándo y como quiere y las experiencias de aprendizaje ya están tanto dentro como fuera de las aulas.

Por lo demás, podría diluirse la importancia de los títulos formales y con reconocimiento que ahora otorgan las universidades, con la emergencia de patrones de titulaciones alternativos y paralelos a los actuales, que tendrán más relevancia para más estudiantes en más partes del mundo. Los títulos académicos podrían perder, por ello, importancia frente a programas y credenciales que tendrán para los empleadores un valor similar al de las certificaciones universitarias.

Tendencias que suponen, desde luego, decisivos retos, que comportan transformaciones de alcance en la configuración de las estructuras y las enseñanzas universitarias y que, por cierto, tienen también el riesgo de facilitar el desarrollo de modelos de negocio de bajo coste y ninguna calidad y el surgimiento de programas y universidades que habría que hacer algo para que no llegasen a no existir.

En fin, cambios de tanto que alcance que me llevan a la conclusión de pensar que rebasan el debate del 3+2, que las cosas van mucho más allá, que se requiere mucha creatividad, innovación y flexibilidad para afrontar los nuevos desafíos y que quizá ha llegado el momento en que en vez del 3+2 tengamos que ponernos a hablar de la universidad 3 punto 2.

 

                           Juan A. Vázquez