Para repartir, hay que crear

 

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La crisis ha dejado profundas huellas que se perciben en los elevados niveles de desempleo, los recortes, la ampliación de la desigualdad y el aumento de las situaciones de exclusión y de pobreza, que no están logrando disipar las promesas de una ansiada recuperación.

Es natural que ello haya provocado descontento y abierto un proceso de recambio de élites políticas y sociales asentadas desde hace años, que han mostrado su torpeza en la gestión de la crisis y a las que la corrupción y la falta de visión han acabado por arrinconar.

Para paliar los efectos más adversos de la crisis y contar con una imprescindible cohesión social, resultan ahora más necesario que nunca disponer de las coberturas y las protecciones de un Estado de Bienestar que se encuentra amenazado y que se necesita reformar, casi reinventar, justamente para que pueda sobrevivir y cuya sostenibilidad depende muy principalmente del afianzamiento de una senda de crecimiento estable.

Algo que hemos de tener muy especialmente en cuenta en la maltrecha economía asturiana que, como hemos venido insistiendo desde el “Consejo Asesor de Asuntos Económicos de la Presidencia del Principado”, tiene la urgente necesidad de orientarse hacia el dinamismo económico, tanto para corregir los déficit de crecimiento registrados como para poder garantizar los logros alcanzados en la esfera de la distribución.

Eso significa que la gran prioridad regional debería ser la creación de empleo, el crecimiento y la competitividad de las empresas; que se requiere un clima de opinión y valores mucho más favorable a la creación de riqueza y a la empresa; que es preciso contar con una potente estrategia de impulso al dinamismo económico; y que se habría de optar por una canalización prioritaria de los recursos hacia la generación de actividad productiva.

Ésa es la única vía para una economía que aspire a alcanzar una senda de crecimiento y creación de empleo y al mismo tiempo a conservar un modelo social equitativo, cohesivo y no excluyente. De lo contrario, la voluntad de cambio se quedaría en puro voluntarismo, el intento de imaginar nuevas realidades nos dejaría atrapados en realidades imaginarias, se frustraría el deseo de cambio y se pondrían en grave riesgo simultáneamente el crecimiento económico y la cohesión social. Porque, como nos enseña la más elemental economía doméstica, para repartir hay que tener, “para repartir, hay que crear”.

Juan A. Vázquez

Catedrático de Economía Aplicada. Universidad de Oviedo